CAPÍTULO IV

RESPUESTAS

 

 

–          Ya sé que no viniste aquí sólo por gusto, te lo dije el día que te conocí. Pero quisiera saber qué es lo que realmente te trajo aquí.

Me detuve de golpe ante su pregunta. Él hizo lo mismo, pero su expresión seguía siendo de optimismo. Mientras tanto, yo sólo pensaba nuevamente en esos recuerdos. En la sangre. En el dolor. En los gritos. Y en mi madre. Sobre todo en mi madre. Recordaba su sonrisa, su cabello castaño siempre con un dulce olor a frutillas, en sus ojos dorados que siempre tenían un brillo especial. Y luego recordé a mi “padre”. A ese sujeto tan vil y despiadado.

–          Yo… -dudé en hablar. Sentía la garganta quemándome- verás… mi- mi padre…

–          Ya, está bien –sonrió y acarició mi cabello- si no estás listo, no tienes que decírmelo aún. Seré paciente.

Vi como me sonreía, con esa sonrisa tan suya… pero, ¿qué estaba pensando? A mi no me gustaban los chicos… pero, aún así, sentía una extraña sensación teniéndolo cerca… su mano acariciando mi cabello me hizo sonrojar bastante, y al verme así, me preguntó si estaba bien. Sólo pude asentir. Sentía que mi corazón se aceleraba al posar su mirada en mí.

–          Démonos prisa, debemos ir con Elena.

–          ¡S-sí!

El resto de camino fue de lo más normal. Hablamos de los profesores y de la torre de tarea que nos habían encargado para la siguiente semana. Al llegar a la habitación donde Elena descansaba, mis nervios se calmaron un poco… ¿por qué de repente me sentía de esa manera al estar con él? En fin, en ese momento me sentía mejor, así que conversamos un buen rato con Elena, haciéndola reir de vez en cuando, para no hacerla esforzarse mucho. En realidad, eran ellos dos los que más conversaban. De alguna manera, la chica parecía más feliz estando con Terry cerca, parecía que su dolor y desprecio hacia mi desaparecían sólo con su presencia.

Aunque de vez en cuando trataban de incluirme, había cosas que sólo ellos dos se entendían, como si fuera un lenguaje sin palabras que hubieran inventado para hablar sólo entre ellos. Mirando por la ventana, me pregunté a mi mismo si alguna vez llegaría a hacer algo así. Si llegaría a ser “normal”. Si llegaría algún día a olvidar mi pasado y seguir adelante sin ese dolor en el pecho carcomiéndome el alma cada día… pero tampoco eso pude respondérmelo.

Era ya de noche cuando la enfermera en turno nos avisó que las horas de visita habían acabado y que debíamos irnos. Dejamos a Elena con la promesa de volver al día siguiente, y Terry esperó a que el autobús pasara para irme a casa. Mientras esperábamos, estábamos solos por completo, y mis nervios regresaron. De reojo lo  miraba, y aunque yo sabía bien que él no podía verme a los ojos, me sobresaltaba cada vez que mi mirada se cruzaba con la de él. Él, notando mis nervios, sólo reía leve cada vez que esto pasaba.

Me sentí un poco más aliviado cuando por fin vi al autobús alejarse y me despedí de él con un choque de puños. Sentado en el lado de la ventanilla, mirando a las calles vacías, pensaba en el presente, tan diferente a mi pasado…

Pero ese pensamiento no duró mucho, pues de un momento a otro, sólo sentí un impacto muy duro en mi cabeza, y de ahí perdí el conocimiento. El autobús había chocado. Cuando desperté, sólo vi unas cuantas llamas y gente tirada por todo el piso, con las luces titilando. Realmente era una escena perturbadora. Me levanté a como pude, que no fue muy problemático; pensé que de cierta manera tantas marcas y golpes me habían servido para ya no sentir tanto dolor al salir herido.

Mis rodillas sangraban, mas yo no sentía la sangre correr; veía la sangre de los otros. Mi cabeza dolía, pero seguro dolía más el brazo de ese chico. Mi abdomen ardía, pero aún así cargué a aquella niña inconsciente.

Después de ayudar a unas cuantas personas, me dejé caer en la calle, exhausto y mareado. Lo último que recuerdo es haber oído a las ambulancias, y sentir unas cálidas manos sosteniendo mi cabeza, con esos misteriosos ojos mirándome, preocupados…

Las pesadillas me invadieron esa noche. Los recuerdos, los gritos… sólo que ahora Terry y Elena estaban ahí… ella lloraba mientras él yacía en el suelo, sangrante e inerte. Yo estaba entumido, sin poder moverme un centímetro. Trataba de gritar, mas mi voz no salía. Me dolía más el no poder hacer nada que sentir esas horrendas cuchillas clavadas en mi cuerpo.

Y cuando creí que era nuestro fin… desperté. No desperté por mi cuenta. Me despertaron los gritos desesperados de Terry para que despertase. Según él, estaba jadeando y sudando frío entre sueños, pero cuando recobré la conciencia y me di cuenta de que había sido solo un sueño, suspiré hondo y lo saludé.

 

–          ¿te sientes bien? Perdiste mucha sangre ayudando a esas personas…

–          Sí, estaré bien…

–          Fuiste un poco imprudente, ¿sabes? –dijo, sentándose junto a mí en la camilla- me tenías muy preocupado… suerte que vi el accidente y llamé a la ambulancia…

–          Perdona por preocuparte… -su cercanía me puso nervioso nuevamente; mi corazón latía muy rápido y pude sentir cómo mis mejillas se entibiaban.

Al parecer el se dio cuenta de mis nervios, pues suspiró y se sentó en la camilla de al lado, que estaba desocupada. Me dio las nuevas noticias del accidente. Al parecer era un neumático que se había pinchado, ocasionando el choque. Fui yo quien salió más grave, con algunas heridas un poco profundas y un fuerte golpe en la cabeza. Las demás personas a quienes ayudé sólo tenían rasguños y heridas leves.

Por un momento, me sentí bien conmigo mismo. Tal vez mi pasado no me hacía merecedor de algo mejor, pero al menos había hecho bien a alguien. Al menos había servido de algo. De nuevo, fue Terry quien me despertó de mis pensamientos.

–          Luke –dijo en un tono de voz tan serio que me hizo temblar- pudiste haber muerto… los paramédicos dijeron que de haberte golpeado más abajo habrías muerto al instante…

–          Pero eso no ocurrió… -mi voz temblaba un poco, su mirada seria y su voz me hicieron sentirme intimidado-. Estaré bien, en serio. Ya no te preocupes…

–          Es sólo que eres mi amigo Luke, no quisiera que te pasara nada malo… -ahora su voz sonaba más a un ruego que a un regaño. Me pregunté si así se sentía el tener una familia normal.

–          Prometo ser más cuidadoso en adelante, ¿sí?

Su sonrisa me confirmó todo. Esa simple sonrisa me hizo pensar que todo estaba bien. En un momento, esa sonrisa me hizo olvidar el dolor de las heridas y el golpeteo en mi pecho se hizo notar en la máquina conectada a mi. Sin darme cuenta, intuí, empezaba a sentir algo más allá que sólo amistad por aquel chico de piel nevada y mirada misteriosa.

De nuevo, su rostro se tornó preocupado. Hasta ese momento no me había dado cuenta que no llevaba nada puesto en la parte superior del cuerpo. Además de los vendajes, se notaban mis cicatrices y esa extraña marca en mi brazo. Bajé el rostro, al no saber qué decir ni cómo ocultarlas. Terry quiso preguntar, pero al parecer cambió de idea. Pronto tendría que contarle mi historia… esa historia que quisiera que jamás hubiera pasado…

Al día siguiente ya toda la escuela se había enterado del accidente y de que un “chico misterioso” había ayudado a varias personas a salir de ahí. Nadie supuso que sería yo, ya que realmente hablaba con pocas personas y no parecía ser muy amigable. Me dieron de alta pronto, sólo con vendajes y medicamentos. Los chicos de mi escuela parecieron creer que yo había estado en el accidente, pero mi cercanía a Terry y mi extraña forma de ser podían más que su curiosidad.

A Elena la habían dado de alta también, y al verme llegar a la escuela ese día corrió hacia mi asustada y preocupada. Su rostro tomó una expresión que no quise ver nunca más. Una expresión de terror, igual que en aquella pesadilla en el hospital.

Al igual que el primer día de escuela, todos me miraban en los pasillos. Algunos con preocupación, otros con desprecio, pero en general con curiosidad. Corrieron rumores de que había peleado con unos tipos y que por eso estaba así de malherido. Realmente no me molestaba lo que pensaran de mi, es más, ni siquiera me importaba, pero me molestaba de sobremanera que la gente fuera tan superficial que solo se interesaran en eso.

Conforme pasaron los días, los rumores se fueron callando solos, y Elena parecía menos preocupada. El único que parecía mirarme con una extraña expresión de nostalgia era Terry, que miraba de vez en cuando a mis brazos, como recordando los lugares donde estaban las cicatrices. Esas miradas me ponían nervioso y me hacían sonrojar. Era realmente extraño sentirme de esa manera por una persona. En especial por un chico. Por ese chico.

Debido a mis heridas, Tina no me forzó a cumplirle la promesa de la “cita”, y de hecho no pareció molestarle mucho, pues en esos mismos días se hizo muy “amiga” del capitán del equipo de hockey de la escuela. Eso me quitó un peso de encima, aunque aún estaba el asunto de Terry. No sabía que hacer ni como sentirme respecto a eso.

Mis primos no supieron del accidente, y preferí que así se quedara.

Un par de días después, llegando al departamento, tenía que ducharme y lavar las heridas ya casi cerradas. El dolor de las gotas de agua golpeando las costuras se iba de a poco, entumeciéndose por el calor del agua. Mientras las lavaba, pensaba que serían las primeras cicatrices que tendría que no me dolería llevar conmigo. Al menos esas cicatrices me recordarían que alguna vez fui útil para los demás.

Apenas terminé de ducharme, escuché ruidos en la entrada. Parecía que alguien abría la puerta; al principio pensé que sería mi prima, pero parecían querer guardar mucho sigilo, y los pasos se escuchaban pesados y largos. Con cuidado, procurando no hacer ruido, salí de la ducha sólo con una bermuda puesta. Al salir del cuarto vi a dos tipos armados con revólveres. Me escondí tras la puerta del cuarto y del clóset saqué un bate –siempre lo tenía cerca en caso de ser necesario, como ahora-. Como el resto del departamento estaba a oscuras, logré escabullirme lo suficientemente cerca como para darle un fuerte golpe con el bate a uno de ellos. El otro, sin embargo, se dio cuenta de su compañero caído y disparó hacia donde estaba yo, alcanzando a rosarme un brazo, abriendo de nuevo la herida. Apreté los dientes para aguantar la quemazón y el dolor, y me armé de coraje para golpearlo con el bate, noqueándolo al igual que su amigo.

Sangrando, salí del inmueble adolorido. Elena, por suerte, no se encontraba en casa. Ella y Tina habían ido al centro comercial. Me alegré por eso. “no tendrá que verme en tan mal estado… y así correrá menos riesgo”, pensé. Sin embargo, no tenía a donde ir. Era de tarde aún, cerca de las seis, pero no podía ir a casa de mis primos y ponerlos en peligro, ni tampoco a un hospital, no creerían mi historia. Poco a poco el dolor y la pérdida de sangre me podían más y mi vista se nublaba. De nuevo me sentía impotente, había avanzado pocas calles en realidad. Y me desmayé.

Desperté al sentir el ardor del alcohol en el brazo, gritando desesperado. De nuevo, quien estaba junto a mí era Terry. Debido a los gemidos ocasionados por el alcohol y la aguja entrando en mi piel, no pude reclamar nada, ni preguntarle nada a él.

¿Cómo había llegado ahí? Parecía ser su casa… la primera vez que estaba en la casa de ese chico y en una situación así… era vergonzoso en verdad… pero dudas más importantes invadían mi mente en ese momento también… ¿quiénes eran esos tipos? ¿qué hacían ahí? ¿Cómo sabían de mí?…

Me desmayé de nuevo debido al dolor, y desperté horas después, ya de noche. Al despertarme, todo estaba silencioso y estaba recostado en la cama de Terry. A pesar de la oscuridad, logré ver las paredes y la puerta. Al intentar incorporarme, me ardió el brazo y solté un leve quejido, llevando mi mano hacia el lugar de la herida. Pude sentir la gaza que mi amigo había colocado sobre la lesión; intenté levantarme, pero no lo logré sin soltar leves quejidos.

Conforma avanzaba hacia el pasillo, me di cuenta de que la casa estaba muy bien acomodada y aunque no tenía muchos muebles, los pocos que había hacían juego y daban una sensación de calidez. Llegando a la sala, volteé mi vista hacia la derecha, donde se encontraba el sofá, y alcancé a ver que él estaba recostado ahí, con los auriculares puestos a un volumen tan alto que parado en donde estaba lograba escuchar perfectamente a Iron Maiden en concierto. A pesar de que parecía estar dormido y no se movía nada más que su pecho subiendo y bajando pausadamente al ritmo de su respiración, apenas recargué mi mano en el respaldo del sofá, abrió los ojos y sonrió al verme, con un dejo de preocupación en el rostro. Yo, de nuevo, me sonrojé torpemente y bajé un poco el rostro.

–          Te has despertado al fin –se puso de pie sin esfuerzo ni muestra de cansancio-. Empezaba a preocuparme, llevas horas inconsciente.

–          ¿cómo llegué aquí? –traté de no sonar desesperado- no recuerdo haberte visto cerca…

–          Iba camino a verte, olvidaste tu libro de química –me dijo mostrándome ese grueso libro color verde-tierra- y entonces te vi tirado en el piso, jadeando y mordiéndote el labio para no hacer ruido. Hacía frío, así que opté por traerte aquí.

–          Ya veo… perdona por causar tantas molestias… yo…

Sentí su dedo índice sobre mis labios, como pidiendo que guardara silencio, y mi sonrojo se hizo más presente en mis mejillas. Alcé la vista, un poco sorprendido, ya que el no era de las personas que hacían ese tipo de cosas…

–          No me causas ningún problema… -su mirada reflejaba tristeza y preocupación.- al contrario, me preocupa… primero lo del autobús y ahora esto… dime qué es lo que pasa. No creo que sean sólo coincidencias.

Quitó su dedo de sobre mis labios para dejarme hablar, y le dije que si podíamos sentarnos a la mesa. El asintió y me ayudó a caminar hasta una silla, prendió la luz y lo pude ver un poco mejor.

–          Honestamente no tengo idea… lo del autobús solamente fue un choque… pero…. –su mirada me escrutaba como nunca antes lo había hecho; parecía querer saber si le estaba mintiendo, pero eso no era posible, ya que definitivamente no sabía nada- lo de hace unas horas…

–          ¿sí?

–          Cuando salí de ducharme había unos tipos en mi apartamento e intentaron atacarme… o matarme, más bien. Los golpeé a ambos con un bate, pero uno de ellos alcanzó a dispararme. Después me desmayé y no recuerdo nada más… -me sonrojé de nuevo y desvié la mirada- nada más que tú curándome la herida…

Oí un suspiro saliendo de él. Parecía aliviado y rió un poco, haciéndome pensar que había hecho algo vergonzoso.

–          Sí, aún recuerdo que me decías que tuviera cuidado y que no le dijera a nadie… y por lo visto tienes experiencia con eso de aguantarte el dolor, eh –eso último con un tono de seriedad y preocupación-. Luke, mira… creo poder ayudarte, pero para eso necesito que me digas sobre ti, sobre esas cicatrices… y sobre todo ese tatuaje tan extraño…

Mi respiración se aceleró de la nada e inconscientemente mi mano se acercó al área donde estaba el tatuaje, como acariciándolo. No quería que él se enterara de mi pasado y no quisiera hablarme después por miedo… o repugnancia… pero respiré hondo y borré esas ideas de mi cabeza. Y levanté la vista hacia él, dudando de mi decisión.

–          Terry… lo que te voy a contar no lo sabe nadie más que mis primos y yo… -y claro, la policía británica, pensé para mis adentros- verás… cuando era muy pequeño mi familia tuvo problemas económicos, así que mi padre se involucró con la mafia rusa… y los problemas empezaron…

Seguramente me veía bastante patético, pues tomó una de mis manos con la suya y sonrió comprensivamente, alentándome a continuar hablando. A pesar de mi sonrojo pude seguir, bastante apenado por sentir su mano sobre la mía.

–          Mi padre comenzó a beber demasiado… así que comúnmente perdía el juicio debido al alcohol… se volvió violento y cruel… -señalando las cicatrices en mi abdomen y brazos- se enojaba muy seguido conmigo, así que me dejó de recuerdo todas las cicatrices que ves: quemaduras de cigarro, rasguños, una fractura expuesta, navajazos… y muchos moretones y golpes fuertes. –suspiré, me costaba respirar por los recuerdos- mi madre trataba de defenderme y por lo mismo la golpeaba a ella también. El día de mi cumpleaños me causó una fractura expuesta y me dejó desangrándome. Eso hizo que mi madre se armara de valor y lo demandó. Pasaron unos meses, pero ella ya estaba muy mal psicológica y emocionalmente… así que… -apreté los puños, recordando cada momento y cada palabra de ese día- nada volvió a ser normal… ese tipo volvió y la atacó; yo estaba en la escuela, así que no pude hacer nada…

–          ¿qué ocurrió, Luke? –dijo acercándose a mí, había dejado de hablar- ¿sobre qué no pudiste hacer nada?

–          Ella lo asesinó y después se suicidó. Cuando volví a casa sólo vi policías y forenses por todas partes…

Sentí las lágrimas queriendo desbordarse de mis ojos, y apreté los ojos para evitarlo; pero en la oscuridad seguía viendo la sangre derramada en el suelo, los cuerpos de mis padres cubiertos por bolsas negras y a los policías pidiéndome que los siguiera a la estación. Fue la voz de Terry lo que me hizo volver a la realidad, al presente.

–          ¿Y qué hay del tatuaje en tu brazo? –parecía querer distraerme de mis pensamientos, y lo agradecí- no lo has mencionado…

–          No tengo idea de cómo llegó ahí…. Un día de tantos golpes quedé inconsciente y al despertar lo tenía en el hombro…

Soltó mi mano y mi sonrojo se hizo más leve, pero mi nerviosismo crecía. El parecía pensativo, con la vista perdida en algún punto de la mesa. A ratos pensaba que seguramente me odiaría, que quizás pensaba que yo era igual que mi padre… creí que había logrado ver mis ojos mientras me curaba… que pensaba que esos ojos eran un maldito reflejo de ese hombre… de mi padre…

–          Ahora entiendo todo… -su voz sonaba seria y su rostro era inescrutable, así que me temí lo peor- has tenido una vida muy difícil.

Estaba demasiado sorprendido con su reacción. Mi corazón latía muy fuerte y mis mejillas ardían bastante, al igual que mis nervios.

–          Entiendo por qué eres tan serio y reservado… y tan inseguro también –otra vez su sonrisa   cautivante se dibujó en su rostro-. No tienes de qué preocuparte, ya lo arreglaremos. Sólo hay que averiguar quiénes quisieron hacerte eso… aunque creo que será más complicado…

Yo simplemente no podía creer que no sólo lo hubiera tomado así de bien, sino que ahora estuviera dándome su ayuda con un tema tan delicado como este. Me sentía extraño. Por un lado, feliz por haber encontrado a alguien que aceptara de tan buena manera mi situación; y por otro, estaba preocupado. Preocupado por haberle confesado algo así. Preocupado por meterlo en problemas, hacerlo correr riesgos que él no necesitaba.

Me puse de pie, apoyando mis manos en la mesa. Su expresión se tornó confundida y extrañada por mi reacción, pero no dijo nada, sino que esperó a que yo dijera algo más.

–          No es necesario que te preocupes por mi. He sobrevivido solo y así quiero que siga. No quiero arriesgar tu vida ni la de los demás por mis tontos problemas de familia. Agradezco tu interés, pero este es mi problema y me corresponde a mi resolverlo.

Intenté alejarme apenas terminé de hablar, pero sentí que su mano se aferraba a la mía con fuerza, haciéndome voltear, completamente desconcertado y apenado, y lo vi con aquellos ojos tan preocupados y tristes, que me fue imposible pedirle que me soltara. Dentro de mi quería decirle que no debía llorar, que no debía entristecerse, que no debía preocuparse por mi…

–          Esa clase de problemas no pueden ser considerados tontos –me dijo con su suave pero dura voz- y, aunque así fuera, nunca es mejor guardar silencio y sufrir. Deberías dejar que los demás te ayuden, romper esa barrera y dejar el orgullo aparte. Sé que no has tenido una vida fácil, pero ese no es motivo para rendirse y huir.

–          No… no estoy huyendo de nada… -le dije, con un hilo de voz que apenas podía oírse a través de mi garganta.

–          Al encerrarte estás huyendo de tu pasado, cuando lo mejor es enfrentarlo; no rendirte, seguir adelante y tratar de borrar las heridas. Que las cicatrices que los recuerdos te causen sean más bien cicatrices de guerra y no heridas abiertas.

Antes de poder evitarlo, incluso antes de que me diera cuenta, mis ojos se habían humedecido con saladas lágrimas. No me percaté de ello hasta que Terry me tomó de la barbilla, me levantó el rostro, de tal forma que nuestros ojos se encontraron, y me sonrió.

–          Muy dentro de ti sabes que necesitas ayuda. Esas lágrimas lo demuestran.

No supe qué hacer en esos momentos. Tenía demasiado tiempo de no llorar, y mucho menos dejar que alguien me viera de esa forma. Pero, ¿por qué pasaba todo esto? No entendía nada.

Después de eso, todo lo que recuerdo es haber despertado al día siguiente en el sofá. Tenía puesta encima una frazada color rojo, bastante cálida. El aroma del huevo frito y el sonido del aceite salpicando al recibir el tocino me abrieron el apetito de inmediato.

Al tratar de ponerme de pie, sentí un intenso ardor en el brazo, recordándome así la herida de bala en él. El quejido que emití, aunque leve, le anunció a Terry que ya había despertado.

–          Buenos días, bello durmiente, estaba a punto de despertarte –esta vez una enorme y cálida sonrisa iluminaba su rostro, haciéndome apenarme y bajar la cabeza-. Ya es bastante tarde…

–          Qué tan tarde…?

–          Ya es casi mediodía.

–          Lamento molestarte, en serio… hasta hiciste el desayuno, déjame ayudarte –intenté ponerme de pie, pero el dolor me lo impidió de nuevo-.

–          No te preocupes, yo me encargo. Además, no eres una molestia, ya te lo dije…

Me acercó el plato con mi desayuno al sofá con una charola, la puso en la mesa de centro y la acercó a mi; luego, me ayudó a incorporarme para sentarme y acomodarme mejor, aunque con un poco de dificultad. A pesar de haber cenado bien, ese desayuno me supo a gloria; quizás por el estrés de las heridas o la preocupación de no saber qué estaba pasando a mi alrededor.

–          Deberías comer un poco más despacio, te hará daño comer a esa velocidad –me dijo, entre risillas. Yo sólo me apené y bajé la velocidad-. Cielos, parece que tienes bastante hambre, ¿eh? Te prepararé algo más…

Estaba por levantarse del sofá, pero lo tomé rápidamente de la mano para evitarlo. El parecía un poco sorprendido, y yo no pude más que agachar la mirada.

–          En serio gracias por todo…. En especial por ayudarme a resolverlo…

–          De eso no te preocupes, ¿sí? –se acercó a mí y acarició mi cabello- espero servir de ayuda.

El resto del día transcurrió de manera tranquila y callada, pues dormí bastante, y los únicos momentos en los que hubo mucho ruido, fue cuando Terry me ayudó a ducharme y lavar mis heridas.

Eran cerca de las siete de la noche, hacía un poco de frío, pero debía cambiar los vendajes y lavar las heridas. Al negarse a dejarme ducharme por mi cuenta, y mi –de todas maneras- incapacidad de hacerlo yo sólo, tuve que usar un short durante la tarea. El simple hecho de pensar en que aquel chico lavaría mi cuerpo me hacía apenarme; pero, además, el ardor que me provocaba el roce del agua contra las heridas aun sensibles, sólo podía controlarlo mordiéndome el labio o apretando los dientes. Terry se dio cuenta de ello al ver mi labio sangrar. Fue entonces cuando, con una cálida sonrisa, me dijo que tomara su mano…

–          Tu…. ¿mano?… –yo estaba demasiado apenado- pero…

–          Sí… de esa manera, si te duele, puedes apretarla.

Yo dudaba. No quería lastimarlo…

–          Anda, tómala –insistió, aún con su cálida y amable sonrisa-. No puedes tener tanta fuerza

–          Pero…

Al ver mi titubeo, él mismo tomó mi mano, rió levemente y prosiguió con el baño. Por instinto, más que por propio deseo, apreté con fuerza su mano. Me arrepentí al instante, pero el dolor que sentía al más ligero roce me impidió desistir de soltarlo. Fueron sólo minutos, pero a mí me parecieron horas: al dolor físico se sumaba la culpa de hacerle daño a mi salvador –por así llamarlo-.

–          Eso fue todo –dijo, mientras me ayudaba a ponerme de pie-. No fue tan malo después de todo, ¿no?

Yo aún me sentía culpable por todas las molestias que le causaba. Incluso si a él parecía no importarle, era demasiado atrevido de mi parte dejarle ayudarme aún más de lo que ya lo había hecho.

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