CAPÍTULO III

HERIDAS

Desperté aproximadamente a las seis de la mañana; no sentía mi brazo. Al abrir los ojos lo primero que vi fue a Elena recargada por completo en mí. No quería despertarla, pero considerando que de otra manera no podría moverme, no tuve otra opción más que hacerlo. Se despertó sin tanto problema, y al parecer la herida ya no le dolía tanto. Me salí de la cama e iba a ponerme la playera, pero entonces recordé que seguía manchada. Estaba de espaldas a ella, y al parecer me estaba observando:

–          ¿por qué tienes tantas cicatrices? –su mano estaba extendida hacia mí, y sentí sus dedos pasar por mi espalda; ahí tenía algunas cicatrices de cortadas y marcas de cigarros- no parecen haber sido accidentes…

–          Eso no te incumbe –de nuevo, sin importarme la sangre, me puse la playera y tomé mis cosas; ¿por qué de repente se interesaba en mis cicatrices, si apenas el día anterior me había tratado como un cobarde?-; vendré luego de clases para traerte las tareas y hacerte compañía.

Ahora era yo quien se iba sin dar explicaciones. Llegué al departamento, me duché y vestí, sin dejar de pensar en cada una de esas cicatrices; recordaba todas y cada una de ellas.

Las de cigarros. Las marcas de los cortes hechos con los afilados vidrios de las botellas de alcohol. Los rasguños. Los golpes. Recordaba incluso los moretones y el porqué de cada uno de ellos. Eran los más vivos recuerdos en mi memoria.

Me di la vuelta, sin camisa, y con el rabillo del ojo, logré ver varias de ellas. Pero hubo una en especial que recordaba con dolor. Era una larga cicatriz como de unos quince centímetros, que aunque no estaba muy levantada sí se notaba que la herida había sido profunda.

Mientras me ponía la playera, mi mente viajó hasta mi niñez. Era una mañana de navidad. Hacía un año aproximadamente que mi padre había empezado a beber, y los golpes y los maltratos eran ya cosa de mi vida diaria. Cumplía once años ese día, y, esperanzado como cualquier niño, corrí hasta la sala para ver si tenía algún regalo.

Nada.

Estaba realmente decepcionado, así que me eché al piso a llorar. Mi padre había estado bebiendo toda la noche, así que al escucharme llorar se me acercó, botella en mano, y me gritó que no fuera una niña y que dejara de llorar.

–          Ya estás demasiado mayorcito para estar pensando en muñequitos, así que deja de chillar

Yo no podía parar de llorar; ya no era tanto por los juguetes, sino más bien por el miedo que le tenía a esa persona, a ese ser que se hacía llamar humano. Ese hombre que me obligaba a llamarlo padre. Entonces, al ver que no dejaba de derramar lágrimas, comenzó.

–          Ahora te voy a dar una verdadera razón para llorar –me dijo, levantando la botella.

Después de eso sólo se escucharon golpes, vidrios rotos, y mis desgarradores gritos rogando por perdón y pidiéndole que parara. Pero no me escuchó. Sólo paró hasta que dejé de gritar, pues había quedado afónico; me dejó tirado en el piso, desangrándome. Cerré los ojos y caí en un largo sueño. A ratos lograba escuchar a mi madre llorando, pidiéndole que la dejara llevarme a un hospital. Escuché a mi padre golpearla fuertemente en el rostro, diciéndole que “por su culpa me había convertido en un mocoso llorón”, así que pasé toda la tarde tirado en el piso. Desperté por el ardor del alcohol en mis heridas. No grité para que mi padre no regresara. Apenas terminó, mi mamá salió del cuarto y me dejó recostado en la cama, haciéndome pensar desde ese momento que nunca más volvería a festejar mi cumpleaños, y, hasta ese momento, había cumplido con ello.

Cuando por fin despejé mi mente, ya estaba sentado en mi banca en la escuela, junto a Terry. De nuevo –como todos los días a la primera hora- estaba dormido, así que no me sorprendí de que no hubiera tratado de “despertarme”. Ese día la maestra Amanda había tenido una junta, así que tuvimos esa clase libre. No hice más que sacar una hoja de mi carpeta y comenzar a hacer garabatos. Nunca he sido un gran dibujante, así que mis dibujos más bien parecían bolitas y palitos deformes, pero de alguna manera no se veían tan mal. Pensaba en Elena y en su forma de llamarme el día anterior. “cobarde”. Creo que lo que más me molestó de ese comentario fue que me trajo el recuerdo de mi padre. Ella realmente no sabía mucho de mí, así que se me hizo prudente el perdonarla por su comentario.

Lo único que me confundía era su expresión a la hora de ver mis cicatrices. Creí que era simplemente lástima, pues tal y como ella creía, no eran causadas por simples accidentes. Pero me equivoqué.

Apenas salí de la escuela, me dirigí directamente al hospital. Aunque fui detenido de nuevo por Tina.

–          Hola, guapo. Dime, ¿cómo te fue ayer con Elena? No llegó a la escuela hoy…

–          Ah, sí. Está un poco enferma, es todo.

–          ¿ah, sí? –no parecía creerme- ¿vas a verla ahora?

–          S-sí… -estaba seguro de que pediría ir conmigo-, pero primero debo ir a comprar unas cosas, y eso será un poco tardado.

Ella estaba muy alegre, pero se notaba que no creía lo que le decía. Entonces se me acercó un poco más al rostro, poniéndose de puntillas para alcanzarme –mido aproximadamente un metro ochenta y cinco- y decirme algo. No estaba seguro de qué era, pero decidí no adelantarme y esperar.

–          Ustedes dos están saliendo, ¿cierto?

–          Para nada –fue un alivio escuchar esas palabras-. Simplemente soy su vecino, así que supongo que me corresponde a mí estar al tanto de ella.

–          Ya veo… entonces, no te molestará salir conmigo este fin de semana, ¿o sí?

Ya no tenía escapatoria. No era que no me gustara; era una chica muy hermosa en verdad, pero su mirada no me atraía tanto, y realmente no me interesaba tener una relación con nadie. Pero no tenía otra cosa por hacer si no quería que se enterara de lo que le había pasado a su amiga en verdad.

–          Claro que no –dije fingiendo una leve sonrisa-. No estaría mal.

–          Entonces el sábado a las cuatro será. ¿pasas por mí?

–          Sí, claro…

Y por fin me dejó irme. En cuanto me fijé que ya no me veía salí corriendo hacia la parada, pero hubo un momento en que mi cabello no me dejó ver, así que tropecé con alguien. Con Terry.

–          Amigo, ¿por qué tanta prisa? – tenía su eterna sonrisa en el rostro- ¿vas a ver a tu chica de mirada misteriosa?

–          El de mirada misteriosa eres tú, ¿sabes?

–          Je, no tienes por qué ser tan duro. Anda, te acompaño a verla.

–          No creo que sea buena idea…

–          Tranquilo, fui a verla al hospital antes de llegar a la escuela y me contó lo que pasó ayer.

Estaba sorprendido. ¿Cómo es que ese chico sabía todo eso? ¿Me había seguido? De verdad era extraño… algo en él me atraía de forma sobrenatural. No, no me atraía como si me gustara ni nada de eso – o al menos eso creía-, simplemente era algo demasiado interesante. Quería saber más de él, y como el camión tardaba en llegar a la parada, decidimos ir caminando hasta el hospital.

–          Terry, hay algo que quiero preguntarte… -estaba algo avergonzado por pedirle que me dijera algo. Se había portado tan bien conmigo al no pedirme explicaciones y respetar mi “silencio”, que me parecía casi un pecado hacerle preguntas yo.

–          Pregúntame lo que quieras.

–          ¿Cómo es que sólo nos tienes a mí y a Elena como amigos, si llevas tanto tiempo en la escuela?

Dio un suspiro como de nostalgia, pero sin perder esa sonrisa tan suya. Miró hacia el cielo, como si sus recuerdos fueran aves volando en el azul del cielo.

–          Hace algunos años, en la escuela secundaria me conocían como “Bonebreaker”, ¿sabes? Era de esos chicos que se la pasaban molestando a los que no podían defenderse.

–          Eso es un poco difícil de creer, ¿no? No pareces una persona muy fuerte.

–          Digamos que –dijo después de reírse-, simple y sencillamente, la maña es mejor que la fuerza. Solían llamarme así porque lo que mejor sabía y sé hacer es romper huesos como si fueran ramas. Muchos de los chicos de mi generación se cambiaron de escuela para no tener que soportarme nuevamente.

Su mirada me tenía hipnotizado de nuevo. Era una mezcla de sensaciones. Por un lado podía sentir la tristeza que le causaba el haber sido esa clase de persona, y por otro lado, su alivio por haber dejado esa etapa atrás. Y, por otro lado, sentía una extraña atracción hacia él. Su suave voz irrumpió en mis pensamientos, haciéndome enrojecer.

–          Un día yo estaba un poco pasado de copas, y estaba este chico de primer grado. No recuerdo mucho, pero después me enteré de que había quedado tan lesionado que no iba a poder caminar en mucho tiempo –hubo una pausa en la cual él miró al suelo-. Ahí fue cuando toqué fondo. Dejé el alcohol, y me volví la persona que ves ahora. Nunca más he vuelto a usar la fuerza, así que ahora me dedico a escribir.

Mientras escuchaba esa historia, pensaba en lo mucho que había tenido que haber sufrido al recapacitar sobre el sufrimiento que le había pasado a todos esos chicos. Me pregunté a mi mismo si mi padre alguna vez se había arrepentido de habernos lastimado tanto a mi madre y a mí. Pero no pude responderme a esa pregunta, tal y como muchas otras. Al menos en ese momento no podía. Y ahora entendía el por qué de la advertencia de la maestra Amanda.

–          ¿es por eso que sólo hablas con Elena y conmigo?

–          Sí. Mucha gente en la escuela prefiere mantenerse distanciada, aunque hay algunos pocos que se han dado cuenta de mi cambio, así que poco a poco se me han ido acercando. Eso me pasa con Tina y Miriam. Aunque he de decir que Tina sólo habla de ti la mayoría del tiempo.

–          Aunque aún no entiendo cómo es que comenzaste a juntarte con Elena… nunca los he visto conversar mucho.

–          Ella fue la primera persona que habló conmigo después de aquel “incidente”. Nos parecemos mucho más de lo que podrías imaginar… pero, cambiando levemente de tema, ahora me toca a mí preguntar, ¿no lo crees?

Tenía razón. Era mi turno de contarle mi historia. Ahora que yo conocía su pasado, supuse que lo justo era contarle del mío, aunque no estaba totalmente seguro. Tenía un nudo en la garganta. Era la primera vez que hablaba de esa tragedia con alguien. Mis primos se habían mantenido al margen, y considerando que a Bastian lo había visto sólo una vez en todo el tiempo que había estado aquí, realmente no creí que entendieran el cómo me sentía; pero no quería que me entendieran realmente. Estaba bien con las cosas así. En eso pensaba en ese momento. En eso y en cómo le diría a ese chico, mi mejor amigo, mis problemas.

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