Sentí algo suave, y estaba acostado. Abrí los ojos con un poco de dificultad, y vi un techo blanco. Definitivamente era un lugar desconocido para mí. Otro techo desconocido, desde aquel acontecimiento no había estado en ningún lugar en el que me sintiera en casa, así que incluso el techo de mi habitación –en la cual llevaba una semana ya- me parecía completamente ajeno.

Me levanté con un poco de dificultad y sentí un leve mareo; apreté los ojos y escuché una suave voz. Levanté la mirada un tanto asombrado, pues era una voz completamente desconocida para mí, al igual que aquel techo. La persona frente a mi era la chica del jugo de uva que estaba con las otras chicas en la cafetería. Estaba un tanto contrariado, pues ni siquiera recordaba su nombre en realidad. No entendía por qué estaba ella en ese lugar; antes no habíamos cruzado palabra, y estaba seguro de que ni siquiera estaba escuchando nuestra conversación.

Intenté abrir la boca para preguntarle qué hacía ahí, pero ella me robó la palabra.

–          Te encontré tirado en el pasillo cuando iba hacia el baño. Terry me ayudó a traerte hasta aquí, pero tenía cosas que hacer, así que me quedé yo –intuí que le encantaba el jugo de uva, porque de nuevo tenía una cajita en la mano-.

Hasta ese momento me fijé bien en como era físicamente. No era muy alta que digamos – un metro cincuenta y cinco, quizás-, pero era delgada y eso la hacía ver con un poco más de altura; su cabello era corto, con un fleco como en flecha, cuya parte más larga llegaba al inicio de su nariz, mechas frente a los costados de la cara y peinado en puntas un poco desiguales en la parte de atrás; llevaba una blusa negra tipo polo de manga corta y una falda corta de mezclilla con apliques metálicos, todo acompañado por unas botas negras.

Quizás ya suene a obsesión, pero siempre –por el complejo que tengo yo con mi mirada- me ha atraído mucho la mirada de las personas. Para mí, los ojos son los que te dicen exactamente cómo es una persona: su alma, su forma de pensar, su forma de sentir. Todo eso lo puedes averiguar con solo mirar a esa persona a los ojos. Aunque, para mi desgracia, yo no era tan hábil “escaneando” a las personas.

La mirada de aquella chica era realmente cautivante: sus grandes ojos color gris le daban un toque de misterio –extrañamente parecido a Terry-, pero su expresión era más bien de algo parecido a… ¿la tristeza? ¿O quizás era nostalgia? Lo único de lo que estoy seguro es que estaba verdaderamente hipnotizado por esos ojos del color de la luna.

–          Y bien –dijo, interrumpiendo mis pensamientos y mi hipnotismo-, ya te sientes mejor, ¿no? ¿puedes levantarte sólo?

–          Eso creo…

–          Ya veo –apenas dijo eso, se levantó de la silla y dio la media vuelta-. Entonces nos vemos mañana en clases. Adiós.

Y antes de que pudiera decir algo, salió de la enfermería, con esa cajita color morado.

Me levanté de la cama y tomé mis cosas; no me había fijado que empezaba a oscurecer sino hasta ese momento. “ya entiendo por qué esa chica se fue tan a prisa”, pensé, y caminé hasta la siguiente parada para tomar un autobús hasta el apartamento de mis primos.

Durante todo el trayecto –de unos treinta minutos, diría yo- sólo pensaba en que debería haber tenido más cuidado para no causarle problemas a Terry y a esa chica… ¿cuál era su nombre? Seguía sin recordarlo… justo en ese momento en mis auriculares sonaba el coro de cierta canción…

“Give your soul to me, for eternity; release your life, take your place inside the fire with love”

El recuerdo de mis sentimientos en el momento de encontrar a mi madre y mi padre muertos en el piso de la sala fue realmente estremecedor. La sangre, el dolor, el rostro de mi madre…. Quizás nunca iba a poder superarlo, pero no quería darme por vencido. La absurda idea de seguir el ejemplo de mi madre y acabar con mi vida –la cual tuve apenas un día después del acontecimiento- había escapado de mi mente al pensar que era algo demasiado cobarde; además, sería completamente tonto sufrir el resto de la eternidad por querer librarme de una vida dolorosa. Pero, a veces me preguntaba si era verdad que Dios existía, y me preguntaba también, ¿cómo juzga Él a las personas que, por un problema psicológico, deciden terminar con su vida? Esas preguntas me atormentaban cada vez que recordaba esa trágica escena.

Bajé del autobús y tuve que caminar una cuadra más, para ese entonces, ya era de noche, así que no hice más que ducharme y cenar algo. De nuevo, al verme al espejo, antes de salir a la cocina, vi mi cuerpo, cubierto de cicatrices, y ese tatuaje tan extraño: era una especie de media luna, con un ser que parecía ser un demonio con alas de murciélago. Lo único que sabía de ese tatuaje era que estaba ahí desde que yo tenía memoria, pero realmente no sabía el por qué. Aún recordaba la cicatriz junto a aquel tatuaje; mi padre, teniendo yo unos catorce años, en una de sus constantes borracheras me había golpeado y me hizo caer por las escaleras. La caída me causó una fractura expuesta, dejándome inmóvil y agonizante de dolor al pie de las mismas.

Mi madre, al escuchar mi llanto y los gritos de mi padre ordenándome que me callara, se acercó a mí y me llevó a un hospital. Fue en esa misma ocasión que los doctores se dieron cuenta de las marcas de cigarrillos, los rasguños y cortadas que tenía, así que le ayudaron a mi madre a deshacerse de ese hombre. Mi madre estaba realmente harta de él, y eso no fue más que la gota que derramó el vaso.

Recordé aquella escena de mi niñez mientras con mi mano izquierda tocaba la marca de la furia y la crueldad de aquel ser que se hacía llamar mi padre. No estaba nada alegre de que hubiera muerto, pero al menos me sentía aliviado de que nunca jamás tendría que verle la cara… aunque eso hubiera atraído también la muerte de mi madre.

Después de cenar esperé un rato sentado en el sofá de la sala; la televisión estaba encendida, pero esa película la había visto ya tantas veces que me sabía los diálogos de memoria, y mi humor era tan malo que los chistes no me hacían reír. Aburrido, recargué mi cabeza en el respaldo del sofá, y al abrir los ojos, pude ver el techo de aquel lugar.

–          Otro techo desconocido, ¿cierto? Debería acostumbrarme… en este lugar no puede haber algún techo conocido.

–          Te equivocas.

Escuchar aquella voz tan familiar, en mi departamento, a esa hora de la noche, me hizo sorprenderme demasiado, así que me puse de pie y volteé la mirada hacia la puerta. Era la misma chica de la enfermería ¿qué estaba haciendo ella aquí? ¿Quería acaso que le recompensara lo que había hecho? ¿Cómo supo donde vivía?

–          Tranquilo, la puerta estaba completamente abierta; además, Cindy me pidió que de vez en cuando te trajera la despensa.

En sus brazos llevaba algunas bolsas de plástico con cosas, entró al departamento y las dejó en la barra. Yo aún estaba parado frente al sofá, solamente siguiéndola con la mirada.

–          ¿Cindy? ¿mi prima Cindy? ¿cómo es que la conoces? Explícate, que no entiendo nada.

–          Verás –dijo después de un leve suspiro, recargándose en la pared de la cocina-, ella y yo nos conocemos hace algunos años, y me pidió que de vez en cuando te trajera la despensa porque no estaba segura de que pudieras hacerlo tú solo, con eso de que eres nuevo en el país. Realmente no sabía que eras exactamente tú hasta que entré aquí –yo seguía viéndola, tan tranquila y relajada-. Vaya que el mundo es un pañuelo… compañeros de clases y vecinos…

–          ¿vecinos?

–          Ah, sí. Vivo en el departamento de arriba. Pero da igual.

Mi prima Cindy. Desde mi llegada al país, sólo la había visto un par de veces. Debido al trabajo y sus estudios no tenían mucho tiempo ni ella ni su hermano. En especial Bastian; de él tenía muy pocos recuerdos en realidad. Cindy. Una chica bastante alegre y muy cariñosa, en especial conmigo, su único primo.

Empezó a sacar las cosas que había comprado y comenzó a guardarlas en gabinetes, cajones y en el refrigerador. Supuse que Cindy le habría mostrado dónde iba cada cosa, así que me relajé un poco. Antes de que yo pudiera hacer nada, ella ya había terminado con su labor, y se disponía a salir.

–          E-espera un poco –por alguna razón tartamudeé- ¿porqué no habías venido antes, si mi prima ya sabía que yo ya estaba aquí?

–          Digamos que tuve un inconveniente –salió por la puerta, y antes de salir, se detuvo un momento, sin voltear el rostro-. Mañana vendré por ti antes de las ocho. Adiós.

Y, de igual forma que lo hizo en la enfermería, se fue sin dejarme darle las gracias siquiera. Había algo en ella que me resultaba extrañamente familiar. No sabía exactamente lo que era, pero en ese momento lo decidí.

–          Definitivamente hay algo extraño en esa chica. Y quiero saber qué es lo que es.

Por fin después de un “largo” día, logré recostarme en esa suave cama con aroma a jazmín, y, antes de quedarme completamente dormido, volví a ver el techo de mi habitación, recordando hasta ese momento lo que había dicho esa chica.

–          ¿A qué se habrá querido referir con que no era un techo desconocido? No es como que ella sepa a lo que me refiero, ¿no?

 

A la mañana fui despertado por el ruido del televisor. ¿Qué no lo había apagado antes de acostarme? Salí del cuarto aún sin camisa y vi a la amiga de mi prima en la cocina, usando la estufa –haciendo huevos tibios o algo así- y con una caricatura en el televisor.

–          Por fin te despertaste. Te dije que vendría antes de las ocho. Vístete en lo que termino el desayuno.

–          ¿me puedes decir con permiso de quién y cómo entraste al departamento?

–          Cindy me dio una copia del juego de llaves en caso de emergencia; y ya vístete que no quiero llegar tarde a clases.

Ni siquiera me había volteado a ver. Se estaba volviendo bastante molesta para mi gusto, pero considerando que tenía razón sobre la escuela, no hice más que entrar al baño y alistarme; ese día simplemente me puse lo primero que vi en el clóset –una bermuda café, botas café oscuro y una playera verde de manga larga- y me acomodé el flequillo. Al salir de mi cuarto mochila en mano, ella ya estaba sentada a la mesa desayunando y mi lugar estaba puesto. Tal y como creí, estaba haciendo huevo tibio, un poco de puré de patatas y un vaso enorme de jugo de naranja. Me senté a la mesa y comencé a comer. Nuevamente, la chica parecía ignorarme, pues no apartó la vista del televisor en ningún momento. Me apuré a terminar, pero de todas maneras ella terminó antes que yo. Apenas puse mi plato en el fregadero, ella comenzó a levantar la mesa, yo mientras entré a cepillarme los dientes al baño.

Entonces recordé que era el momento perfecto para darle las gracias por todo y preguntarle su nombre. Salí del baño y ella ya estaba esperándome en la puerta, con sus cosas. Su casi inexpresivo rostro se veía ligeramente escalofriante debido al extraño color en sus ojos.

Bajamos las escaleras y tomamos el camión, ambos seguíamos sin mediar palabra. Entonces, cuando por fin vi oportunidad, le hablé:

–          Oye, perdona que no recuerde tu nombre, pero… quería saber por qué haces todas estas cosas por mí…

–          Dime –dijo, volteando la mirada hacia mí, en una clara expresión de molestia-, ¿no deberías simplemente darme las gracias y ya? El por qué lo hago sale sobrando; ya te había dicho que simplemente lo hago por Cindy. En realidad no me agradan las personas como tú. Así que trata de mantener tu distancia.

Esas últimas palabras resonaron en mis oídos durante el resto del día. No entendía a qué se refería con eso exactamente. Quizás simplemente había logrado ver mis ojos y eso la hacía odiarme… supongo que ya habrán notado que era una persona muy insegura, pero eso era algo que simplemente no podía evitar.

Y, de nuevo, la chica “uva”-como ahora la llamaba- se había librado de decirme su nombre. Y así transcurrieron las semanas siguientes: Elena –le pregunté a Terry su nombre- iba a mi casa por las mañanas, preparaba el desayuno, lo comíamos en silencio y nos íbamos a la escuela. Desafortunadamente, compartíamos varias clases así que la tenía que ver casi todo el tiempo; de vez en cuando se me acercaban otros chicos y chicas para salir o conversar, pero seguía sin querer socializar demasiado. Más o menos un mes después del “incidente” con Elena, Terry quiso saber el porqué que mi reciente torpeza.

–          Has estado bastante extraño, amigo mío. ¿acaso el desmayo del otro día te hizo más daño del que creíamos?

–          No es eso –le dije, resignado a contarle lo que había pasado-, simplemente estoy algo preocupado.

–          Me parece que tiene que ver con cierta chica de pelo corto, ¿me equivoco?

–          Sí, es ella… hace algunas semanas me dijo que no le agradaban las personas como yo, pero realmente no sé por qué –otra cosa que no entendía era el por qué se me iba haciendo tan fácil contarle mis problemas a ese chico de mirada extraña-.

–          Lo único que puedo decirte –dijo después de un rato de pensar- es que tendrías que preguntarle a ella, o te quedarás con la duda para siempre. Como dicen, no pierdes nada con intentar, ¿no?

–          Tienes razón…

Me dispuse a verla después de clases para preguntarle, pero no la vi por ningún lado. Algo en mi interior me decía que algo malo le pudo haber pasado, así que le pregunté a Tina, su amiga – que para ese momento ya había intentado salir conmigo unas seis veces- por ella.

–          Se retiró antes porque dijo que se sentía mal. Seguramente está en casa, ¿por qué no vas a verla? –a pesar de su sugerencia, pareció arrepentirse de haber dicho eso último.

Cuando dijo eso me levanté de la mesa, le di las gracias y tomé el primer autobús que vi con dirección a casa. El trayecto se me hizo más largo de lo esperado; ¿por qué me sentía así? Quizás era sólo el hecho de que me recordaba bastante a aquel 6 de Mayo.

Al bajar del camión corrí hasta la puerta del edificio, abrí y sin detenerme ni a tomar aire subí hasta el departamento de Elena. Al estar frente a la puerta, me dispuse a tocar, pero me detuve un poco antes ¿estaba bien si iba a verla? De todas maneras, no le agradaba… sacudí la cabeza como para desprenderme de aquellas ideas y toqué, decidido a obtener respuestas.

Nada. Volví a tocar sin éxito nuevamente; fue entonces que me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, así que, tragando saliva, entré, un tanto asustado de lo que pudiera  haber pasado y de mi extraña sensación de déja vù.

Su apartamento estaba perfectamente cuidado, acomodado y limpio. Eso fue lo primero de lo que me percaté. Al querer dar un paso al frente, tropecé con su mochila, que, para mi sorpresa, estaba manchada… de sangre. Me asusté más ¿qué pudo haberle pasado? Creo que hasta el momento iban surgiéndome cada vez más preguntas, que parecía que nunca iban a ser respondidas. Mi mente divagaba nuevamente con mis grotescos recuerdos… los más vivos en mi memoria contenían sangre en ellos. Igual a la mancha en la mochila de Elena.

Me dirigí a su cuarto, pues las pequeñas gotas de sangre iban hacia ahí. Al entrar, vi un charco de sangre bastante grande, vendas ensangrentadas en el piso, y un desorden fatal. Y ahí estaba ella, acostada en la cama, con una clara expresión de dolor en el rostro y la frente empapada en sudor. Me acerqué sin dudar, y vi que se apretaba con fuerza el costado derecho del cuerpo. No sabía exactamente qué hacer, y, de nuevo, las imágenes de mis padres muertos en esa habitación me atormentaron, haciéndome jadear. Reaccioné regañándome a mí mismo. “este no es tiempo ni lugar para dejarse llevar por sentimientos inútiles; debo hacer algo por ella”.

–          Elena, ¡¿qué te ha pasado?! Debes ir a un hospital…

–          No te metas en mis cosas, esto no tiene nada que ver contigo.

–          Te equivocas –dije ya enojado; me molestaba demasiado su arrogancia y orgullo-, claro que me importas. Mi prima me mataría si supiera que… un momento, debo llamarle a mi prima…

Me dispuse a tomar mi celular, pero la mano de ella tomó con fuerza la mía, impidiéndome hacerlo.

–          No le digas nada, te lo ruego. Si quieres dejo que me lleves al hospital, pero no le digas nada.

Su voz, su mirada y en sí todo su cuerpo, pidiéndome ocultárselo a mi prima, me sorprendieron mucho más que toda la escena. No entendía para nada esa extraña relación entre ellas. ¿Cómo la había conocido mi prima? Entendía que no quisiera decirle nada –Cindy era una persona bastante sentimental-, pero no entendía el porqué de su primera reacción a la propuesta de llevarla a un hospital… a menos que…

No había tiempo para hacer conjeturas; a como pude, y tratando de evitar los recuerdos, la cargué, cuidando de no rosar más su herida. Al salir del departamento sentí de nuevo que esos recuerdos pedían a gritos entrar a mi cerebro, y, apretando los dientes, le pedí a Elena que me hablara:

–          ¿pero de qué quieres que te hable?

–          No me importa de qué, sólo distráeme.

–          Está bien…

Y empezó a hablarme de lo mucho que le gustaba ese programa que estaba viendo el primer día en mi casa.

–          Es muy divertido ver a un niñito con casco salirse con la suya a la hora de hacer acrobacias extremas.

–          Eso supongo –trataba de distraerme respondiéndole al menos una que otra vez-. Aunque hace demasiado tiempo que no veo dibujos animados.

–          Entonces no tuviste adolescencia –su voz empezaba a flaquear-.

–          Quizás; pero es que en realidad no tuve niñez –dije esas palabras sin querer, y por un momento pensé que sería acosado con preguntas y gritos, pero no fue así; sentí que su mano apretaba mi playera con fuerza.

–          Debes doblar en esta esquina para entrar a urgencias…

Y se desmayó. Había perdido demasiada sangre. Entré velozmente al área de urgencias e inmediatamente un enfermero trajo una camilla; los seguí hasta el lugar donde la curarían y me coloqué junto a ella. Estaba inconsciente, pero como si fuera un reflejo, tomó mi mano más cercana y la apretó con fuerza. Yo no pude hacer nada más que apretar su mano, para darle un poco de apoyo.

El médico levantó su blusa y pude ver la herida: era de unos treinta centímetros de largo, y la sangre no paraba de salir; parecía que se la había hecho con algo muy filoso, pero por suerte escuché al médico decir que no era profunda y que estaría bien.

Entonces me pidieron esperara afuera para que ella pudiera descansar. Me senté en una silla junto a la puerta de su cuarto, y apenas me disponía a relajarme un poco, mi celular sonó. Era mi prima. No sabía qué hacer; primero pensé en no contestar, pero seguramente insistiría. Al fin, contesté.

–          Si, ¿hola? –mi voz temblaba.

–          ¡Luke, hola! –me contestó una cálida voz- ¿en dónde estás?

–          E-en mi apartamento, ¿en dónde más? –no se me ocurrió nada mejor que decir-.

–          No me mientas, estoy aquí afuera; tu voz se oye extraña, ¿qué tienes? ¿estás bien?

Justo en ese momento una enfermera se me acercó a decirme que Elena había despertado.

–          Por Dios, Luke, ¿qué le ha pasado Lena? ¿dónde están?

Me había atrapado; ya no tenía más excusas para darle, y tenía que colgar, así que no tuve más opción que decirle que estábamos en el hospital, a lo que ella me respondió que iba en camino. Colgué el teléfono, suspirando, y entré a la habitación. Ella parecía dormida, pero apenas escuchó el pesado ruido de mis botas abrió los ojos; por alguna razón, no pude leer su expresión.

–          Me alegra que estés mejor –me senté en la silla frente a su cama-. Aunque desafortunadamente Cindy se ha enterado y viene en camino.

–          Me lo imaginaba –dijo con resignación-; esa chica tiene un extraño sexto sentido para los problemas.

–          Sí, eso parece –la pregunta obligada-. ¿qué te pasó? Y no me digas que no importa, porque eso no es verdad.

Se hizo el silencio. Su cara se tornó de rojo levemente, y me desvió la mirada.

–          Me tropecé en las gradas de la escuela y me enterré un fierro que estaba en una banca rota.

–          ¿la que está del lado del estacionamiento?

–          Sí, esa…

Suspiré aliviado de pensar que alguien había intentado hacerle algo.

–          Si fue por algo como eso, ¿no crees que hubiera sido mejor evitar todo esto y venir al hospital primero? Cindy va a tomar represalias por no haberle dicho nada…

–          No me gustan los hospitales. Me traen malos recuerdos.

Su sinceridad y enojo se notaban tanto en su rostro como en su mirada y su voz. Quizás había pasado una infancia difícil. Me recordaba tanto a mí, que me era imposible no verla fijamente. De nuevo el silencio se hizo presente. Entonces recordé el porqué de mi visita.

–          Quería preguntarte algo, Elena. Por eso te estuve buscando. Por eso fui a tu departamento.

–          Ve al grano y pregúntame.

–          Yo… quería saber… ¿por qué te desagrado tanto? Y, más importante, ¿cómo se conocieron Cindy y tú?

–          Verás…

Y justo en ese momento fue interrumpida la escena. Mi prima había llegado y, con lágrimas en los ojos, entró a la habitación. Cindy era una chica alta, delgada, y con el cabello largo, negro hasta debajo del hombro siempre suelto. Sus ojos eran de color verde, bastante expresivos. Se dejó caer de rodillas al piso, junto a “Lena”.

–          ¿no me digas que de nuevo te caíste? –dijo, bastante molesta-. De verdad que no tienes remedio. Ya te dije que si te pasa algo le digas a Luke o a mí. ¡no me hagas preocuparme de esta forma!

–          De verdad lo siento, Cindy, pero ya sabes que no me gustan los hospitales, y si te hubiera dicho, seguro me obligabas a venir.

–          Suerte que estaba Luke –se puso de pie- para ayudarte. De ahora en adelante –dijo, volteándose hacia mi-, es tu obligación cuidar de ella en todo momento, ¿está claro?

Conocía esa mirada suya, y estaba seguro que no aceptaría un “no” por respuesta, así que asentí con la cabeza. Entonces alguien más entró. Por fin, después de unos siete años, veía a mi primo Bastian. Bastian siempre había sido un chico bastante inteligente, y lo demostraba cada que podía; ya fuera jugando con los pensamientos de las personas o ganando algún concurso de conocimientos. Pero no era un mala persona en lo más mínimo; lo único malo es que era un tipo bastante ojo alegre.

Estaba bastante cambiado cuando lo vi. Ahora tenía diecisiete años, mi edad; su cabello largo peinado en puntas, negro; sus ojos verdes, igual que su hermana, siempre atentos a su alrededor; su sonrisa eterna y su forma de vestir tan desinteresada.

Entró sin hacer mucho ruido y se acercó a la camilla, después de saludarme con un fuerte apretón de manos.

–          Pequeña gatita, pero mira en qué condiciones estás. Deberías de dejar de ser tan torpe o al menos dejarte ayudar por un caballero como moi.

–          Aléjate de mí, pervertido –le dijo ella, un poco sonrojada; se notaba que esa era su forma de llevarse-. Ya tu hermana se encargó de conseguirme un guardaespaldas –su mirada me acuchillaba a mi ahora, sentí escalofríos-.

Pasaron algunas horas. Bastian molestando a Lena, Cindy y yo charlando sobre –más que nada- su día a día, y Lena tratando de no golpear a Bastian. Por primera vez en mucho tiempo no pensé un solo instante en aquel pasado tan cruel, y me concentré sólo en el momento.

–          En fin –interrumpió Cindy-, ya mejor vámonos, Bastian, que hay que dejar descansar a la “gatita”. Vámonos, Luke.

–          No –le respondí, poniéndome de pie-.yo me quedaré a cuidarla.

–          Entiendo. Más te vale que se sienta como en casa, ¿eh? Que si no me las cobro contigo. Adiós.

Salieron de la habitación por fin, y tomé asiento de nuevo. Me quedé mirando el techo de nuevo, recargado en el respaldo de la silla, cuando mis pensamientos fueron interrumpidos por Elena.

–          Todos los techos te van a parecer desconocidos aún si pasas diez años en el mismo lugar; no hay manera de que un techo sea el mismo que la noche anterior, por el simple y sencillo hecho de que no lo verás de la misma manera. Todos los seres humanos cambian su manera de pensar o de ver las cosas a diario, así que, si alguna vez llegas a ver un techo conocido, querrá decir que ese día no aprendiste absolutamente nada.

Contestó a mi pregunta sin que yo se lo pidiera; supongo que era una forma de agradecerme el que la hubiera traído hasta aquí, pero realmente no le pregunté. Tenía completa razón, si lo pensaba bien.

–          Entonces –le dije-, de ahora en adelante no hay razón para querer ver un techo conocido.

–          En cuanto a lo otro –dijo-, no me agradan las personas que huyen de su pasado. Y eso es justamente lo que hiciste tú.

La miré fijamente a los ojos, y no me decían nada; supongo que si te lo propones, puedes evitar que “lean” tu mirada. ¿Cómo se había enterado del por qué de mi llegada?

–          Cindy me contó sobre lo que pasó allá; me dijo que tu madre asesinó a tu padre y que después se suicidó.

–          ¿Y por qué lo hizo? –estaba realmente enojado, pero me calmé- no era su deber decirte nada…

–          Ella cree que nos parecemos mucho, así que me dijo que quería que fuera tu amiga. Tiene razón, excepto por el “pequeño” hecho de que yo no huí de nada; yo decidí seguir con mi vida y dejar todo mi pasado atrás. Yo no fui una cobarde y huí de mi país sólo por querer alejarme de los malos recuerdos.

–          Tú no entiendes… -dije poniéndome de pie, apretando los puños para tratar de contenerme un poco- tú no sabes realmente nada, así que por favor guárdate tus comentarios.

–          Pues no me importa –ella volteó el rostro, con cierta tristeza en la mirada-. Eres un cobarde, y los cobardes seguirán siendo cobardes siempre. Y ahora déjame dormir, que mañana debo ir a la escuela.

Se acomodó lo mejor que pudo, pero escuché un quejido y supe que se había tocado la herida. Di un suspiro de resignación, y me acosté a un lado de la cama. Ella se sonrojó bastante y me miró con enojo. Me acomodé a como pude para que su cabeza quedara en mi pecho, de tal forma que no se lastimara más.

–          ¿qué te crees que haces, eh? ¡suéltame ya!

–          Sólo cumplo con lo que Cindy me pidió; ya duérmete y déjame dormir a mi también.

–          Me va a ser imposible con el olor a sangre en tu playera, ¿sabes?

Hasta ese momento recordé que mi ropa estaba completamente manchada de su sangre, y que no me la había quitado en toda la tarde. Volví a dejarla a como estaba lo más delicadamente posible, me quité la playera y, como no tenía un cambio de ropa, volví a acomodarme así nada más. No estaba seguro de que ella supiera sobre mis cicatrices, pero en ese momento ya no me importaba demasiado.

Cuando tiré la camisa junto a mi mochila, ella volvió a abrir los ojos, y su mirada pasó del enojo a algo muy parecido a la tristeza. Volví a acostarme en la misma posición que hacía unos minutos, y esta vez, ella no renegó. Pasó una hora aproximadamente antes de por fin quedarme dormido, y, al mirar al techo, por primera vez, no pensé que era “un techo desconocido”.

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