PRÓLOGO: “BIENVENIDO”
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando llegué al aeropuerto de Toronto, en Canadá. Se suponía que viviría en ese lugar, pero realmente no me cabía en la cabeza. En mis oídos sólo escuchaba el resonar de la música; no quería socializar con nadie en el viaje de seis horas de Londres a América, así que me había pasado todo ese tiempo escuchando a Mika Penniman, The Rasmus, Evanescese; riéndome de vez en vez, recordando mis años de infancia, o a punto de llorar… no lo sé…

Entonces la azafata dio la orden de bajar del avión, y eso hice. Tomé mi mochila con mi computadora y bajé. Apenas hube hecho eso, me dirigí a recoger mi equipaje. Ya con mis maletas, me senté en la mesa de una cafetería a esperar. Se suponía que mi primo Bastian iría a recogerme, pero tenía tanto tiempo de no verlo que realmente no recordaba como era físicamente. De todas maneras, tenía escrita en un papel la dirección de mi futura casa, así que si tardaba esperando más de una hora, podría irme sin ningún problema.
Desperté con el cuello dolorido. Mi iPod se había quedado sin batería, y ya era de noche. Me sobresalté un poco, así que tomé mis maletas, mi mochila y mi patineta y me dirigí a conseguir un taxi. Le di el post-it con la dirección de mis primos y me acomodé en el asiento del copiloto, con mis maletas y cosas en el asiento trasero. Me quedé dormido de nuevo; al parecer el viaje había sido más pesado de lo que creía. Esa noche mis sueños no eran más que recuerdos de aquellas escenas trágicas que me habían traído hasta aquí…
Al fin, el chofer me despertó: estaba frente a un edificio de unos cuatro pisos, de ladrillo rojo y con unos escalones sin barandales. Bajé mis cosas, le pagué al chofer, y me acomodé un poco el cabello –mi fleco se había resbalado hasta tapar mis ojos- para ver mejor. Toqué el timbre en el botón que decía “Hale” y esperé respuesta, más lo que obtuve fue simplemente el chirrido del seguro de la puerta principal. Abrí y dejé mi mochila para que detuviera la puerta y poder entrar mi equipaje. Por dentro el lugar era un poco menos pintoresco de lo que parecía por fuera, mas no me importó mucho; o bueno, no hasta que escuché el crujido de las tablas de madera de las escaleras.
– Este lugar necesita un poco de mantenimiento… -dije para mis adentros.
Al llegar al segundo piso, vi una pesada puerta de madera oscura con una nota escrita en papel. Supuse que ese era el departamento de mis primos y dejé las cosas en el piso. La nota decía así:
“Primo, perdónanos por no irte a buscar al aeropuerto y por no haberte avisado. Hubo una emergencia y tuvimos que irnos. Está abierto. Bienvenido.”
Solté una espontánea risita sin querer, y abrí la puerta.
– Definitivamente no es una gran bienvenida. –me dije, mientras metía mis cosas al oscuro y solitario departamento.

CAPÍTULO I
COMPAÑÍA
Eran cerca de las siete de la mañana de ese Lunes cuando me levanté, nuevamente agitado por los constantes acosos de aquellos desagradables y sombríos recuerdos. Había pasado apenas una semana desde mi “mudanza” a este lugar. El cabello cubría mis ojos, así que agité un poco la cabeza para poder ver. Lo primero que vi fue mi propio reflejo en el espejo frente a mi cama: tez blanca, cabello castaño, casi pelirrojo hasta debajo de los ojos; el color y la expresión de mis ojos me era realmente desagradable, igual que cuando tenía diez años. Mi pasivo e inexpresivo rostro no demostraba más que indiferencia, pero eso realmente no me importaba.
Me levanté de la cama y volví a voltear la mirada a mi reflejo. Vi cada una de las cicatrices en mi cuerpo; una en el rostro, muy pequeña para ser notada a primera vista, dos más, completamente paralelas y con el mismo tamaño en el pecho, y marcas de quemaduras en el abdomen. En especial vi la cicatriz en forma de estrella que estaba en mi hombro izquierdo, junto al tatuaje de aquel símbolo extraño que ni yo mismo recordaba como había llegado ahí. O quizás simplemente eso quería creer. En fin.
Entré al baño a ducharme, cepillar mis dientes y “peinarme” –en realidad solamente me salpicaba agua y agitaba la cabeza, de tal forma que el cabello cubría mis ojos, pero podía ver-. Busqué en mi última maleta sin desempacar un pantalón de mezclilla negra y tomé del armario una playera roja lisa y una camisa de manga corta de color negro. Tomé mi mochila y me dispuse a salir del cuarto, pero antes de cerrar la puerta observé aquel portarretrato en el buró. Aquella foto que tan malos recuerdos y pesadillas me traía, pero de la cual por alguna razón no quería deshacerme.
Suspiré cerrando los ojos y cerré esa puerta. El departamento estaba completamente solo –excepto por mí, claro está-. Era de mis primos, pero ellos vivían en una casa más al sur del estado, así que me lo dejaron para que lo habitara. Tomé dinero del pequeño montoncito de billetes que estaban desperdigados por toda la barra de la cocina y salí por la puerta principal.
Eran cerca de las ocho treinta cuando llegué a la escuela. Era mi primer día en ese lugar y había llegado tarde. Me dirigí a la oficina de control escolar para reportarme y me recibió una amable señora –unos sesenta años, quizás-, dándome la bienvenida y diciéndome que me sintiera en casa. Al parecer todos ahí ya sabían de mí y de las razones de mi llegada, así que me ahorró mucho tiempo y esfuerzo de fingir una sonrisa.
Me entregó el mapa del lugar, una lista con mis materias, me entregó mis libros y me deseó buena suerte.
– Según esto, mi primer clase es Inglés. –dije viendo mi lista- supongo que el salón debe estar por aquí.
Salí del frío cubículo y fui hasta el salón de inglés, a no más de doce metros de donde estaba. Al llegar y tocar la puerta, el profesor me pidió que pasara. El profesor Fred era un señor de lo más común, no muy alto –me llegaba al hombro-, delgado, narigón y con lentes, pero con una expresión de alegría y optimismo en los ojos tan diferente a la mía, que quien parecía tener cincuenta años era yo y no él.
– Pasa, pasa; tú debes ser Luke McKeith, ¿no?
– Sí, así es. Disculpe la demora, me quedé dormido en el autobús.
– No te preocupes, chico, no pasa nada. Pasa, siéntate donde quieras.
En el salón habían unas veinte personas más; había unos tres lugares vacíos al frente, pero parecían apartados; encontré lugar en el último asiento de la última fila de lado derecho, junto a un somnoliento chico de pelo largo con pinta de metalero, a quien parecía no interesarle en nada la clase, y mucho menos parecía importarle – ¿o notar?- mi llegada. Me senté junto a él, de tal forma que quedé justo junto a la ventana, desde la cual podía ver el campo de fútbol de la escuela.
El profesor comenzó su clase hablando sobre los prodigiosos escritores que Inglaterra ha brindado al mundo:
“la literatura inglesa es la más amplia y rica en el mundo, pues gran parte de sus escritores se han convertido en verdaderas leyendas; no sólo en Inglaterra, sino también por todo el mundo. Ahí tenemos a Sir Arthur Conan Doyle, con sus tan célebres historias sobre el ya conocido Sherlock Holmes –dijo mientras mostraba un viejo libro con la portada rota, que todos supusimos era un libro de Sir Arthur-“
Y la clase siguió con el profesor pidiéndole a algunos chicos leer párrafos de aquel libro; pero mi mente estaba en otra parte. Sí, a ratos escuchaba lo que decían, pero ese era un libro que ya había leído, “El perro de Baskerville”, que habla sobre un sabueso maldito que vaga por los terrenos de una mansión, en cierto lugar de Londres. Perdido a como estaba en mis pensamientos, recargado en la mesa, sentí un leve codazo. Volteé la mirada y vi a mi compañero completamente recostado, durmiendo. Me reí en silencio y suspiré.
– Ha de sentirse bien el dormir sin preocuparte por nada…
Apenas hube dicho eso, la campana de cambio de clase sonó. Tomé mi mochila y me disponía a salir, cuando vi que el chico junto a mí seguía dormido. Realmente no era de mi incumbencia, pero, al ver que nadie le prestaba atención, decidí despertarlo.
– Oye amigo, la clase ya acabó. Despierta ya –el chico se levantó con la mayor pereza y despreocupación del mundo-.
– Ah, tú debes ser el chico nuevo, el inglés. Gracias por despertarme –dijo mientras se levantaba y tomaba su libro y su mochila-. Me llamo Terry. Terry Collins.
Su mano extendida frente a mí… tardé más de lo debido en darle la mía. Quizás pensó que estaba aburrido y por eso no dijo nada. En fin, Terry me dijo que le mostrara mi horario y así lo hice.
– Parece ser que tenemos todas las clases juntos –dijo mientras veía mi hoja-, así que supongo que seré tu guía de ahora en adelante. ¿te parece?
– Sí, está bien.
A pesar de su apariencia, era bastante alegre y, aunque no parecía muy enérgico –pues siempre tenía los ojos entrecerrados- , pero en su rostro casi todo el tiempo había una leve sonrisa.
Oh, perdonen, no les he dicho como era. Terry Collins. Un chico alto, delgado y muy apuesto si me lo preguntan. Su cabello largo hasta por debajo de los hombros, con un color negro azabache, que a la luz del sol parecía más bien azul. Su rostro delgado y su piel blanca como la nieve le daban un extra; pero sus ojos, tan negros como su cabello, hacían que pareciera siempre rodeado de misterio, su forma de vestir eran jeans de mezclilla azul, playera negra –seguramente con imágenes de Sepultura, Alessana, Slipknot, o a veces lisa por completo- y tenis del mismo color, todo eso acompañado de una pulsera con picos de metal y unas cuantas más de tela. A pesar de eso, era una persona muy confiable, de esas a las que puedes no conocer, pero que a los cinco minutos le estabas diciendo tu vida entera. Pero no fue así conmigo.
– Y, dime, Luke –mientras caminaba frente a mí, rumbo a la clase de Historia Universal- , ¿qué te trajo hasta Canadá? –se tomó las manos por detrás de la cabeza- porque no creo que un chico londinense haya venido hasta acá sólo por gusto.
– Pues temo decepcionarte –dije después de un rato, tratando de evitar que descubriera mis verdaderas razones-, pero así es.
– Pues –dijo volteando el rostro, pero sin dejar de caminar ni de bajar los brazos-, he de decirte que no te creo.
En ese momento creí que me había descubierto. ¿Se habría dado cuenta de lo perturbado de mi voz? ¿O el no poder ver mis ojos le había dado desconfianza? No, eso no era posible, nadie sabía exactamente por qué había llegado.
– Pero –continuó, aliviando un poco mi pesar- si es algo tan grave como para tener que mentir, entonces supongo que no tienes que decirme la verdad. No soy de las personas que buscan saber todo de los demás si ellos no quieren.
Justo antes de poder responder a eso, ya habíamos llegado al salón, así que tomamos un lugar –en el mismo punto del salón anterior- y esperamos a que la maestra llegara. Mientras eso sucedía, Terry y yo nos quedamos sentados, él tratando de explicarme un poco sobre esa maestra.
– La maestra de historia. Amanda Flowers. Joven, sensual, hermosa, cuerpo envidiable e inteligencia. Es la mujer que todo hombre desearía tener.
– Entonces, ¿qué es lo que se supone que tiene de malo? –dije, un tanto contrariado.
– Pues… -en ese momento, la dichosa maestra entró al salón, haciendo que las voces murmurantes se callaran de golpe- mejor deberías verlo por ti mismo.
Definitivamente la descripción que había dado de la Señorita Amanda eran exactas: una mujer rubia, joven –de unos veintiséis años-, con el cabello hasta la cintura, recogido en una elegante cola de caballo y un pequeño fleco ladeado cubriendo su frente y unos hermosos ojos verdes; alta, delgada y con generosas proporciones, vestida de forma muy casual pero formal –falda hasta las rodillas negra, zapatos de taco alto negros y blazer rojo sobre una blusa negra.
Definitivamente no entendía por qué tanto misterio, pero decidí estar atento de todas maneras. La maestra se paró frente a la clase, y, leyó una hoja superficialmente. Supongo que era mi hoja de traslado, pues me miró muy fija y duramente apenas leerla.
– Tú, el chico nuevo, ven acá –con los brazos cruzados en una pose muy autoritaria.
– ¿se le ofrece algo, señorita? –dije, poniéndome de pie lentamente.
– Maestra para ti, McKeith –su expresión se tornó en una mucho más dura, y miró a mis ojos, supongo-. Más te vale saber que aquí los niveles se respetan, jovencito; y no te creas que no te voy a exigir sólo por ser nuevo –sacó una hoja de entre sus libros y la extendió hacia mi-. Estos son los trabajos que debes entregar antes de la próxima semana, y no quiero pretextos.
Me acerqué a ella, y apenas tomé la hoja, se volteó a mirar a Terry, con una mirada un tanto escalofriante. ¿Por qué esa persona actuaba de esa manera? Y, un tanto más inquietante, ¿qué tenía ella en contra de aquel chico?
– Y te recomendaría que no te dejaras llevar por malas influencias. Nunca sabes a dónde te pueden arrastrar.
Aquellas palabras me hicieron dudar un poco, pero pensé que no sería muy inteligente de mi parte dejarme llevar sólo por un comentario como ese, así que simplemente le di las gracias y regresé a mi lugar junto a Terry. El chico estaba completamente relajado, recargando su rostro sobre su mano, que a su vez descansaba en la mesa. Su rostro parecía tranquilo, como siempre, pero su mirada decía algo diferente; aquellos ojos negros eran demasiado misteriosos.
Me quedé viendo la tranquila figura de Terry, cuando de repente escuché cierta voz llamándome de nuevo. Volteé la mirada un tanto avergonzado por habérmele quedado viendo, y un tanto molesto por esa persona.
– ¿se le ofrece algo más, “maestra”?
– No me hables en ese tonito, mocoso – su rostro se mostró con medido enojo-. Solamente quería decirte que te quites ese pelo de los ojos, que no estás ciego.
– Lo siento, maestra, pero en ninguna parte del reglamento dice que no puedo llevar el cabello de este modo, y francamente –continué diciendo con un tono de leve superioridad- no me apetece hacerlo.
Me senté de nuevo y saqué mi libro de Historia con una seguridad que yo mismo no creía. Al parecer mi forma de hablarle a ella me había convertido en una especie de héroe, puesto que al final de la clase –que transcurrió de manera un tanto pesada por las miradas de la maestra Amanda hacia mí- varios de mis compañeros quisieron acercarse a mí para conversar.
Yo realmente no tenía interés en ninguno de ellos, así que tuve que decirles que tenía que ir a mi siguiente clase, pues no quería llegar tarde a ninguna. Me dejaron ir con la promesa de aceptar salir con ellos ese fin de semana, y en cuento quedé librado de la multitud, busqué a Terry. No tuve que buscar mucho, pues apenas caminé un par de pasillos lo encontré, recargado junto a una puerta, con la pose relajada de siempre, pero ahora meneando levemente la cabeza y siguiendo un ritmo con el dedo: tenía los audífonos puestos, y al parecer escuchaba su género favorito.
Al fin se dio cuenta de mi presencia, y, apagando el aparato, me saludó:
– Hola, Luke. Perdona por haberme ido así nada más, pero parecías ocupado.
– Debería ser yo quien se disculpe por haberme distraído con esas personas –al parecer me expresé mal con eso de “esas personas”.
– En fin, entremos. Chad llegó hace rato y no quiero hacerle enojar… aunque, pensándolo bien, sería muy gracioso verlo de esa forma – su rostro se curvó en una gran sonrisa, y entró al aula, emitiendo una gran risotada.
– Por algo lo dirá –me dije, pensando que no todo era lo que podría parecer.
Entré al salón y vi a todos tratando de aguantar la risa, incluido Terry, quien en esta ocasión estaba sentado en la mesa de en medio y no en la de atrás. Al principio no miré a mi izquierda –donde estaba la mesa del profesor-, pero después me viré, al escuchar una respiración cortada. Volteé de manera un tanto acelerada, y, para mi sorpresa, vi una máscara negra. Todos soltaron una carcajada, y entonces el maestro se quitó la dichosa máscara, dejando ver a un delgado joven.
– Hola, joven aprendiz. Me alegra que te hayas unido al grupo. Toma asiento junto a Terry, ya supe que son buenos amigos –su rostro alegre era realmente gracioso, y reí levemente-. Ojalá nos llevemos bien, joven Skywalker
La risa del grupo fue estruendosa. Esta definitivamente no parecía la clase de Derecho. La clase transcurrió tal y como al principio. Con risas, bromas, y muchas parodias sobre mi nombre y cosas por el estilo. A veces lograba reírme levemente, pero la mayor parte del tiempo sólo suspiraba. Aquellos suspiros eran un lamento breve pero fuerte, que me hacían pasar la situación un poco más fácilmente. El timbre de receso sonó y todos salieron de la clase con lágrimas en los ojos por tanto carcajeo. Incluso Terry había terminado con el estómago dolorido de tanto reír.
Fuimos al comedor de la escuela, y después de recoger nuestro almuerzo –puré de patatas y pollo empanizado y jugo de uva-, buscamos una mesa desocupada, para mi desgracia, no había ninguna, así que tuvimos que sentarnos junto a un trío de chicas que estaba en una mesa, conversando.
Cuando nos acercamos, se nos quedaron viendo muy extrañamente, con esas miradas que ponen las chicas cuando ven a un actor o a un artista famoso. Bueno, dos de ellas, pues una de ellas, de apariencia muy inocente, simplemente tomaba un sorbo de su jugo… de uva.
– Muy buenos días chicas –les habló Terry, con su siempre despreocupada expresión-, ¿les molesta si mi amigo y yo nos sentamos con ustedes? Parece ser que las mesas están ocupadas.
– Por supuesto –dijo una de ellas, después de unas cuantas risitas nerviosas-, sirve que conocemos al chico nuevo.
Más risitas nerviosas. Realmente no me sentía con ganas de ser “acosado” con preguntas obvias. La chica del jugo de uva estaba emocionalmente distanciada de nosotros, quizás no estaba realmente interesada en mí, y eso realmente me agradó. No era ni soy de las personas a las que les agrada ser el centro de atención; nunca lo he sido, y no me interesa en lo más mínimo.
Entiendo que los artistas sean célebres por su talento aunque hay que aceptar que hay algunos quienes no entiendo el por qué de su éxito – y eso va para ti, Justin Bieber-, pero supongo que eso ya depende de sus seguidores y seguidoras. Pero bueno, eso ya es otro asunto.
Las chicas con las que estábamos sentados comenzaron con su “interrogatorio” hacia mí, y yo no tenía otra opción más que responder. Se llamaban Tina, Miriam, y la chica del jugo de uva resultó llamarse Elena. Tina, de cabello largo castaño y con actitud atrevida, empezó:
– Y bien, Luke –se dirigió a mí, recargándose en mi hombro-, ¿a qué se debe el que cubras tus ojos? Seguro son hermosos…
Hizo seña de acercar su mano a mi frente, e instintivamente la detuve tomándola con un poco de fuerza, pero sin lastimarla. Su rostro se llenó de miedo y vergüenza, al igual que el rostro de Miriam –la otra chica seguía sumida en su mundo-. La solté y me disculpé por hacer algo así, para después levantarme y continuar comiendo en otro lado.
Estando ya en el pasillo, me sentí sin mucho apetito, así que le di mi comida a un chico de menor grado que yo y me seguí hacia el patio, con la mirada algo baja. Di un suspiro, y mi mente volvió a llenarse de recuerdos; al principio eran recuerdos de mi niñez, antes de que mi padre comenzara con tan cruel comportamiento. Después las imágenes se tornaron más oscuras y tétricas: aquel cuerpo inerte colgando del techo, la sangre del piso y un aterrorizado yo mirando la escena desde la puerta.
No sé cuánto tiempo pasé parado en ese mismo sitio, pues cuando “regresé” de mi trance, el pasillo estaba vacío completamente; un tanto entorpecido, caminé por los pasillos tratando de encontrar el salón de audiovisuales para entrar a la clase de Sociología, pero por más que caminaba no lograba dar con él. Al parecer mi torpeza era demasiado grande; lo siguiente que supe, fue que desperté en la enfermería.

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