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Capítulo III

CAPÍTULO III

HERIDAS

Desperté aproximadamente a las seis de la mañana; no sentía mi brazo. Al abrir los ojos lo primero que vi fue a Elena recargada por completo en mí. No quería despertarla, pero considerando que de otra manera no podría moverme, no tuve otra opción más que hacerlo. Se despertó sin tanto problema, y al parecer la herida ya no le dolía tanto. Me salí de la cama e iba a ponerme la playera, pero entonces recordé que seguía manchada. Estaba de espaldas a ella, y al parecer me estaba observando:

–          ¿por qué tienes tantas cicatrices? –su mano estaba extendida hacia mí, y sentí sus dedos pasar por mi espalda; ahí tenía algunas cicatrices de cortadas y marcas de cigarros- no parecen haber sido accidentes…

–          Eso no te incumbe –de nuevo, sin importarme la sangre, me puse la playera y tomé mis cosas; ¿por qué de repente se interesaba en mis cicatrices, si apenas el día anterior me había tratado como un cobarde?-; vendré luego de clases para traerte las tareas y hacerte compañía.

Ahora era yo quien se iba sin dar explicaciones. Llegué al departamento, me duché y vestí, sin dejar de pensar en cada una de esas cicatrices; recordaba todas y cada una de ellas.

Las de cigarros. Las marcas de los cortes hechos con los afilados vidrios de las botellas de alcohol. Los rasguños. Los golpes. Recordaba incluso los moretones y el porqué de cada uno de ellos. Eran los más vivos recuerdos en mi memoria.

Me di la vuelta, sin camisa, y con el rabillo del ojo, logré ver varias de ellas. Pero hubo una en especial que recordaba con dolor. Era una larga cicatriz como de unos quince centímetros, que aunque no estaba muy levantada sí se notaba que la herida había sido profunda.

Mientras me ponía la playera, mi mente viajó hasta mi niñez. Era una mañana de navidad. Hacía un año aproximadamente que mi padre había empezado a beber, y los golpes y los maltratos eran ya cosa de mi vida diaria. Cumplía once años ese día, y, esperanzado como cualquier niño, corrí hasta la sala para ver si tenía algún regalo.

Nada.

Estaba realmente decepcionado, así que me eché al piso a llorar. Mi padre había estado bebiendo toda la noche, así que al escucharme llorar se me acercó, botella en mano, y me gritó que no fuera una niña y que dejara de llorar.

–          Ya estás demasiado mayorcito para estar pensando en muñequitos, así que deja de chillar

Yo no podía parar de llorar; ya no era tanto por los juguetes, sino más bien por el miedo que le tenía a esa persona, a ese ser que se hacía llamar humano. Ese hombre que me obligaba a llamarlo padre. Entonces, al ver que no dejaba de derramar lágrimas, comenzó.

–          Ahora te voy a dar una verdadera razón para llorar –me dijo, levantando la botella.

Después de eso sólo se escucharon golpes, vidrios rotos, y mis desgarradores gritos rogando por perdón y pidiéndole que parara. Pero no me escuchó. Sólo paró hasta que dejé de gritar, pues había quedado afónico; me dejó tirado en el piso, desangrándome. Cerré los ojos y caí en un largo sueño. A ratos lograba escuchar a mi madre llorando, pidiéndole que la dejara llevarme a un hospital. Escuché a mi padre golpearla fuertemente en el rostro, diciéndole que “por su culpa me había convertido en un mocoso llorón”, así que pasé toda la tarde tirado en el piso. Desperté por el ardor del alcohol en mis heridas. No grité para que mi padre no regresara. Apenas terminó, mi mamá salió del cuarto y me dejó recostado en la cama, haciéndome pensar desde ese momento que nunca más volvería a festejar mi cumpleaños, y, hasta ese momento, había cumplido con ello.

Cuando por fin despejé mi mente, ya estaba sentado en mi banca en la escuela, junto a Terry. De nuevo –como todos los días a la primera hora- estaba dormido, así que no me sorprendí de que no hubiera tratado de “despertarme”. Ese día la maestra Amanda había tenido una junta, así que tuvimos esa clase libre. No hice más que sacar una hoja de mi carpeta y comenzar a hacer garabatos. Nunca he sido un gran dibujante, así que mis dibujos más bien parecían bolitas y palitos deformes, pero de alguna manera no se veían tan mal. Pensaba en Elena y en su forma de llamarme el día anterior. “cobarde”. Creo que lo que más me molestó de ese comentario fue que me trajo el recuerdo de mi padre. Ella realmente no sabía mucho de mí, así que se me hizo prudente el perdonarla por su comentario.

Lo único que me confundía era su expresión a la hora de ver mis cicatrices. Creí que era simplemente lástima, pues tal y como ella creía, no eran causadas por simples accidentes. Pero me equivoqué.

Apenas salí de la escuela, me dirigí directamente al hospital. Aunque fui detenido de nuevo por Tina.

–          Hola, guapo. Dime, ¿cómo te fue ayer con Elena? No llegó a la escuela hoy…

–          Ah, sí. Está un poco enferma, es todo.

–          ¿ah, sí? –no parecía creerme- ¿vas a verla ahora?

–          S-sí… -estaba seguro de que pediría ir conmigo-, pero primero debo ir a comprar unas cosas, y eso será un poco tardado.

Ella estaba muy alegre, pero se notaba que no creía lo que le decía. Entonces se me acercó un poco más al rostro, poniéndose de puntillas para alcanzarme –mido aproximadamente un metro ochenta y cinco- y decirme algo. No estaba seguro de qué era, pero decidí no adelantarme y esperar.

–          Ustedes dos están saliendo, ¿cierto?

–          Para nada –fue un alivio escuchar esas palabras-. Simplemente soy su vecino, así que supongo que me corresponde a mí estar al tanto de ella.

–          Ya veo… entonces, no te molestará salir conmigo este fin de semana, ¿o sí?

Ya no tenía escapatoria. No era que no me gustara; era una chica muy hermosa en verdad, pero su mirada no me atraía tanto, y realmente no me interesaba tener una relación con nadie. Pero no tenía otra cosa por hacer si no quería que se enterara de lo que le había pasado a su amiga en verdad.

–          Claro que no –dije fingiendo una leve sonrisa-. No estaría mal.

–          Entonces el sábado a las cuatro será. ¿pasas por mí?

–          Sí, claro…

Y por fin me dejó irme. En cuanto me fijé que ya no me veía salí corriendo hacia la parada, pero hubo un momento en que mi cabello no me dejó ver, así que tropecé con alguien. Con Terry.

–          Amigo, ¿por qué tanta prisa? – tenía su eterna sonrisa en el rostro- ¿vas a ver a tu chica de mirada misteriosa?

–          El de mirada misteriosa eres tú, ¿sabes?

–          Je, no tienes por qué ser tan duro. Anda, te acompaño a verla.

–          No creo que sea buena idea…

–          Tranquilo, fui a verla al hospital antes de llegar a la escuela y me contó lo que pasó ayer.

Estaba sorprendido. ¿Cómo es que ese chico sabía todo eso? ¿Me había seguido? De verdad era extraño… algo en él me atraía de forma sobrenatural. No, no me atraía como si me gustara ni nada de eso – o al menos eso creía-, simplemente era algo demasiado interesante. Quería saber más de él, y como el camión tardaba en llegar a la parada, decidimos ir caminando hasta el hospital.

–          Terry, hay algo que quiero preguntarte… -estaba algo avergonzado por pedirle que me dijera algo. Se había portado tan bien conmigo al no pedirme explicaciones y respetar mi “silencio”, que me parecía casi un pecado hacerle preguntas yo.

–          Pregúntame lo que quieras.

–          ¿Cómo es que sólo nos tienes a mí y a Elena como amigos, si llevas tanto tiempo en la escuela?

Dio un suspiro como de nostalgia, pero sin perder esa sonrisa tan suya. Miró hacia el cielo, como si sus recuerdos fueran aves volando en el azul del cielo.

–          Hace algunos años, en la escuela secundaria me conocían como “Bonebreaker”, ¿sabes? Era de esos chicos que se la pasaban molestando a los que no podían defenderse.

–          Eso es un poco difícil de creer, ¿no? No pareces una persona muy fuerte.

–          Digamos que –dijo después de reírse-, simple y sencillamente, la maña es mejor que la fuerza. Solían llamarme así porque lo que mejor sabía y sé hacer es romper huesos como si fueran ramas. Muchos de los chicos de mi generación se cambiaron de escuela para no tener que soportarme nuevamente.

Su mirada me tenía hipnotizado de nuevo. Era una mezcla de sensaciones. Por un lado podía sentir la tristeza que le causaba el haber sido esa clase de persona, y por otro lado, su alivio por haber dejado esa etapa atrás. Y, por otro lado, sentía una extraña atracción hacia él. Su suave voz irrumpió en mis pensamientos, haciéndome enrojecer.

–          Un día yo estaba un poco pasado de copas, y estaba este chico de primer grado. No recuerdo mucho, pero después me enteré de que había quedado tan lesionado que no iba a poder caminar en mucho tiempo –hubo una pausa en la cual él miró al suelo-. Ahí fue cuando toqué fondo. Dejé el alcohol, y me volví la persona que ves ahora. Nunca más he vuelto a usar la fuerza, así que ahora me dedico a escribir.

Mientras escuchaba esa historia, pensaba en lo mucho que había tenido que haber sufrido al recapacitar sobre el sufrimiento que le había pasado a todos esos chicos. Me pregunté a mi mismo si mi padre alguna vez se había arrepentido de habernos lastimado tanto a mi madre y a mí. Pero no pude responderme a esa pregunta, tal y como muchas otras. Al menos en ese momento no podía. Y ahora entendía el por qué de la advertencia de la maestra Amanda.

–          ¿es por eso que sólo hablas con Elena y conmigo?

–          Sí. Mucha gente en la escuela prefiere mantenerse distanciada, aunque hay algunos pocos que se han dado cuenta de mi cambio, así que poco a poco se me han ido acercando. Eso me pasa con Tina y Miriam. Aunque he de decir que Tina sólo habla de ti la mayoría del tiempo.

–          Aunque aún no entiendo cómo es que comenzaste a juntarte con Elena… nunca los he visto conversar mucho.

–          Ella fue la primera persona que habló conmigo después de aquel “incidente”. Nos parecemos mucho más de lo que podrías imaginar… pero, cambiando levemente de tema, ahora me toca a mí preguntar, ¿no lo crees?

Tenía razón. Era mi turno de contarle mi historia. Ahora que yo conocía su pasado, supuse que lo justo era contarle del mío, aunque no estaba totalmente seguro. Tenía un nudo en la garganta. Era la primera vez que hablaba de esa tragedia con alguien. Mis primos se habían mantenido al margen, y considerando que a Bastian lo había visto sólo una vez en todo el tiempo que había estado aquí, realmente no creí que entendieran el cómo me sentía; pero no quería que me entendieran realmente. Estaba bien con las cosas así. En eso pensaba en ese momento. En eso y en cómo le diría a ese chico, mi mejor amigo, mis problemas.

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CAPÍTULO II

 

Sentí algo suave, y estaba acostado. Abrí los ojos con un poco de dificultad, y vi un techo blanco. Definitivamente era un lugar desconocido para mí. Otro techo desconocido, desde aquel acontecimiento no había estado en ningún lugar en el que me sintiera en casa, así que incluso el techo de mi habitación –en la cual llevaba una semana ya- me parecía completamente ajeno.

Me levanté con un poco de dificultad y sentí un leve mareo; apreté los ojos y escuché una suave voz. Levanté la mirada un tanto asombrado, pues era una voz completamente desconocida para mí, al igual que aquel techo. La persona frente a mi era la chica del jugo de uva que estaba con las otras chicas en la cafetería. Estaba un tanto contrariado, pues ni siquiera recordaba su nombre en realidad. No entendía por qué estaba ella en ese lugar; antes no habíamos cruzado palabra, y estaba seguro de que ni siquiera estaba escuchando nuestra conversación.

Intenté abrir la boca para preguntarle qué hacía ahí, pero ella me robó la palabra.

–          Te encontré tirado en el pasillo cuando iba hacia el baño. Terry me ayudó a traerte hasta aquí, pero tenía cosas que hacer, así que me quedé yo –intuí que le encantaba el jugo de uva, porque de nuevo tenía una cajita en la mano-.

Hasta ese momento me fijé bien en como era físicamente. No era muy alta que digamos – un metro cincuenta y cinco, quizás-, pero era delgada y eso la hacía ver con un poco más de altura; su cabello era corto, con un fleco como en flecha, cuya parte más larga llegaba al inicio de su nariz, mechas frente a los costados de la cara y peinado en puntas un poco desiguales en la parte de atrás; llevaba una blusa negra tipo polo de manga corta y una falda corta de mezclilla con apliques metálicos, todo acompañado por unas botas negras.

Quizás ya suene a obsesión, pero siempre –por el complejo que tengo yo con mi mirada- me ha atraído mucho la mirada de las personas. Para mí, los ojos son los que te dicen exactamente cómo es una persona: su alma, su forma de pensar, su forma de sentir. Todo eso lo puedes averiguar con solo mirar a esa persona a los ojos. Aunque, para mi desgracia, yo no era tan hábil “escaneando” a las personas.

La mirada de aquella chica era realmente cautivante: sus grandes ojos color gris le daban un toque de misterio –extrañamente parecido a Terry-, pero su expresión era más bien de algo parecido a… ¿la tristeza? ¿O quizás era nostalgia? Lo único de lo que estoy seguro es que estaba verdaderamente hipnotizado por esos ojos del color de la luna.

–          Y bien –dijo, interrumpiendo mis pensamientos y mi hipnotismo-, ya te sientes mejor, ¿no? ¿puedes levantarte sólo?

–          Eso creo…

–          Ya veo –apenas dijo eso, se levantó de la silla y dio la media vuelta-. Entonces nos vemos mañana en clases. Adiós.

Y antes de que pudiera decir algo, salió de la enfermería, con esa cajita color morado.

Me levanté de la cama y tomé mis cosas; no me había fijado que empezaba a oscurecer sino hasta ese momento. “ya entiendo por qué esa chica se fue tan a prisa”, pensé, y caminé hasta la siguiente parada para tomar un autobús hasta el apartamento de mis primos.

Durante todo el trayecto –de unos treinta minutos, diría yo- sólo pensaba en que debería haber tenido más cuidado para no causarle problemas a Terry y a esa chica… ¿cuál era su nombre? Seguía sin recordarlo… justo en ese momento en mis auriculares sonaba el coro de cierta canción…

“Give your soul to me, for eternity; release your life, take your place inside the fire with love”

El recuerdo de mis sentimientos en el momento de encontrar a mi madre y mi padre muertos en el piso de la sala fue realmente estremecedor. La sangre, el dolor, el rostro de mi madre…. Quizás nunca iba a poder superarlo, pero no quería darme por vencido. La absurda idea de seguir el ejemplo de mi madre y acabar con mi vida –la cual tuve apenas un día después del acontecimiento- había escapado de mi mente al pensar que era algo demasiado cobarde; además, sería completamente tonto sufrir el resto de la eternidad por querer librarme de una vida dolorosa. Pero, a veces me preguntaba si era verdad que Dios existía, y me preguntaba también, ¿cómo juzga Él a las personas que, por un problema psicológico, deciden terminar con su vida? Esas preguntas me atormentaban cada vez que recordaba esa trágica escena.

Bajé del autobús y tuve que caminar una cuadra más, para ese entonces, ya era de noche, así que no hice más que ducharme y cenar algo. De nuevo, al verme al espejo, antes de salir a la cocina, vi mi cuerpo, cubierto de cicatrices, y ese tatuaje tan extraño: era una especie de media luna, con un ser que parecía ser un demonio con alas de murciélago. Lo único que sabía de ese tatuaje era que estaba ahí desde que yo tenía memoria, pero realmente no sabía el por qué. Aún recordaba la cicatriz junto a aquel tatuaje; mi padre, teniendo yo unos catorce años, en una de sus constantes borracheras me había golpeado y me hizo caer por las escaleras. La caída me causó una fractura expuesta, dejándome inmóvil y agonizante de dolor al pie de las mismas.

Mi madre, al escuchar mi llanto y los gritos de mi padre ordenándome que me callara, se acercó a mí y me llevó a un hospital. Fue en esa misma ocasión que los doctores se dieron cuenta de las marcas de cigarrillos, los rasguños y cortadas que tenía, así que le ayudaron a mi madre a deshacerse de ese hombre. Mi madre estaba realmente harta de él, y eso no fue más que la gota que derramó el vaso.

Recordé aquella escena de mi niñez mientras con mi mano izquierda tocaba la marca de la furia y la crueldad de aquel ser que se hacía llamar mi padre. No estaba nada alegre de que hubiera muerto, pero al menos me sentía aliviado de que nunca jamás tendría que verle la cara… aunque eso hubiera atraído también la muerte de mi madre.

Después de cenar esperé un rato sentado en el sofá de la sala; la televisión estaba encendida, pero esa película la había visto ya tantas veces que me sabía los diálogos de memoria, y mi humor era tan malo que los chistes no me hacían reír. Aburrido, recargué mi cabeza en el respaldo del sofá, y al abrir los ojos, pude ver el techo de aquel lugar.

–          Otro techo desconocido, ¿cierto? Debería acostumbrarme… en este lugar no puede haber algún techo conocido.

–          Te equivocas.

Escuchar aquella voz tan familiar, en mi departamento, a esa hora de la noche, me hizo sorprenderme demasiado, así que me puse de pie y volteé la mirada hacia la puerta. Era la misma chica de la enfermería ¿qué estaba haciendo ella aquí? ¿Quería acaso que le recompensara lo que había hecho? ¿Cómo supo donde vivía?

–          Tranquilo, la puerta estaba completamente abierta; además, Cindy me pidió que de vez en cuando te trajera la despensa.

En sus brazos llevaba algunas bolsas de plástico con cosas, entró al departamento y las dejó en la barra. Yo aún estaba parado frente al sofá, solamente siguiéndola con la mirada.

–          ¿Cindy? ¿mi prima Cindy? ¿cómo es que la conoces? Explícate, que no entiendo nada.

–          Verás –dijo después de un leve suspiro, recargándose en la pared de la cocina-, ella y yo nos conocemos hace algunos años, y me pidió que de vez en cuando te trajera la despensa porque no estaba segura de que pudieras hacerlo tú solo, con eso de que eres nuevo en el país. Realmente no sabía que eras exactamente tú hasta que entré aquí –yo seguía viéndola, tan tranquila y relajada-. Vaya que el mundo es un pañuelo… compañeros de clases y vecinos…

–          ¿vecinos?

–          Ah, sí. Vivo en el departamento de arriba. Pero da igual.

Mi prima Cindy. Desde mi llegada al país, sólo la había visto un par de veces. Debido al trabajo y sus estudios no tenían mucho tiempo ni ella ni su hermano. En especial Bastian; de él tenía muy pocos recuerdos en realidad. Cindy. Una chica bastante alegre y muy cariñosa, en especial conmigo, su único primo.

Empezó a sacar las cosas que había comprado y comenzó a guardarlas en gabinetes, cajones y en el refrigerador. Supuse que Cindy le habría mostrado dónde iba cada cosa, así que me relajé un poco. Antes de que yo pudiera hacer nada, ella ya había terminado con su labor, y se disponía a salir.

–          E-espera un poco –por alguna razón tartamudeé- ¿porqué no habías venido antes, si mi prima ya sabía que yo ya estaba aquí?

–          Digamos que tuve un inconveniente –salió por la puerta, y antes de salir, se detuvo un momento, sin voltear el rostro-. Mañana vendré por ti antes de las ocho. Adiós.

Y, de igual forma que lo hizo en la enfermería, se fue sin dejarme darle las gracias siquiera. Había algo en ella que me resultaba extrañamente familiar. No sabía exactamente lo que era, pero en ese momento lo decidí.

–          Definitivamente hay algo extraño en esa chica. Y quiero saber qué es lo que es.

Por fin después de un “largo” día, logré recostarme en esa suave cama con aroma a jazmín, y, antes de quedarme completamente dormido, volví a ver el techo de mi habitación, recordando hasta ese momento lo que había dicho esa chica.

–          ¿A qué se habrá querido referir con que no era un techo desconocido? No es como que ella sepa a lo que me refiero, ¿no?

 

A la mañana fui despertado por el ruido del televisor. ¿Qué no lo había apagado antes de acostarme? Salí del cuarto aún sin camisa y vi a la amiga de mi prima en la cocina, usando la estufa –haciendo huevos tibios o algo así- y con una caricatura en el televisor.

–          Por fin te despertaste. Te dije que vendría antes de las ocho. Vístete en lo que termino el desayuno.

–          ¿me puedes decir con permiso de quién y cómo entraste al departamento?

–          Cindy me dio una copia del juego de llaves en caso de emergencia; y ya vístete que no quiero llegar tarde a clases.

Ni siquiera me había volteado a ver. Se estaba volviendo bastante molesta para mi gusto, pero considerando que tenía razón sobre la escuela, no hice más que entrar al baño y alistarme; ese día simplemente me puse lo primero que vi en el clóset –una bermuda café, botas café oscuro y una playera verde de manga larga- y me acomodé el flequillo. Al salir de mi cuarto mochila en mano, ella ya estaba sentada a la mesa desayunando y mi lugar estaba puesto. Tal y como creí, estaba haciendo huevo tibio, un poco de puré de patatas y un vaso enorme de jugo de naranja. Me senté a la mesa y comencé a comer. Nuevamente, la chica parecía ignorarme, pues no apartó la vista del televisor en ningún momento. Me apuré a terminar, pero de todas maneras ella terminó antes que yo. Apenas puse mi plato en el fregadero, ella comenzó a levantar la mesa, yo mientras entré a cepillarme los dientes al baño.

Entonces recordé que era el momento perfecto para darle las gracias por todo y preguntarle su nombre. Salí del baño y ella ya estaba esperándome en la puerta, con sus cosas. Su casi inexpresivo rostro se veía ligeramente escalofriante debido al extraño color en sus ojos.

Bajamos las escaleras y tomamos el camión, ambos seguíamos sin mediar palabra. Entonces, cuando por fin vi oportunidad, le hablé:

–          Oye, perdona que no recuerde tu nombre, pero… quería saber por qué haces todas estas cosas por mí…

–          Dime –dijo, volteando la mirada hacia mí, en una clara expresión de molestia-, ¿no deberías simplemente darme las gracias y ya? El por qué lo hago sale sobrando; ya te había dicho que simplemente lo hago por Cindy. En realidad no me agradan las personas como tú. Así que trata de mantener tu distancia.

Esas últimas palabras resonaron en mis oídos durante el resto del día. No entendía a qué se refería con eso exactamente. Quizás simplemente había logrado ver mis ojos y eso la hacía odiarme… supongo que ya habrán notado que era una persona muy insegura, pero eso era algo que simplemente no podía evitar.

Y, de nuevo, la chica “uva”-como ahora la llamaba- se había librado de decirme su nombre. Y así transcurrieron las semanas siguientes: Elena –le pregunté a Terry su nombre- iba a mi casa por las mañanas, preparaba el desayuno, lo comíamos en silencio y nos íbamos a la escuela. Desafortunadamente, compartíamos varias clases así que la tenía que ver casi todo el tiempo; de vez en cuando se me acercaban otros chicos y chicas para salir o conversar, pero seguía sin querer socializar demasiado. Más o menos un mes después del “incidente” con Elena, Terry quiso saber el porqué que mi reciente torpeza.

–          Has estado bastante extraño, amigo mío. ¿acaso el desmayo del otro día te hizo más daño del que creíamos?

–          No es eso –le dije, resignado a contarle lo que había pasado-, simplemente estoy algo preocupado.

–          Me parece que tiene que ver con cierta chica de pelo corto, ¿me equivoco?

–          Sí, es ella… hace algunas semanas me dijo que no le agradaban las personas como yo, pero realmente no sé por qué –otra cosa que no entendía era el por qué se me iba haciendo tan fácil contarle mis problemas a ese chico de mirada extraña-.

–          Lo único que puedo decirte –dijo después de un rato de pensar- es que tendrías que preguntarle a ella, o te quedarás con la duda para siempre. Como dicen, no pierdes nada con intentar, ¿no?

–          Tienes razón…

Me dispuse a verla después de clases para preguntarle, pero no la vi por ningún lado. Algo en mi interior me decía que algo malo le pudo haber pasado, así que le pregunté a Tina, su amiga – que para ese momento ya había intentado salir conmigo unas seis veces- por ella.

–          Se retiró antes porque dijo que se sentía mal. Seguramente está en casa, ¿por qué no vas a verla? –a pesar de su sugerencia, pareció arrepentirse de haber dicho eso último.

Cuando dijo eso me levanté de la mesa, le di las gracias y tomé el primer autobús que vi con dirección a casa. El trayecto se me hizo más largo de lo esperado; ¿por qué me sentía así? Quizás era sólo el hecho de que me recordaba bastante a aquel 6 de Mayo.

Al bajar del camión corrí hasta la puerta del edificio, abrí y sin detenerme ni a tomar aire subí hasta el departamento de Elena. Al estar frente a la puerta, me dispuse a tocar, pero me detuve un poco antes ¿estaba bien si iba a verla? De todas maneras, no le agradaba… sacudí la cabeza como para desprenderme de aquellas ideas y toqué, decidido a obtener respuestas.

Nada. Volví a tocar sin éxito nuevamente; fue entonces que me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, así que, tragando saliva, entré, un tanto asustado de lo que pudiera  haber pasado y de mi extraña sensación de déja vù.

Su apartamento estaba perfectamente cuidado, acomodado y limpio. Eso fue lo primero de lo que me percaté. Al querer dar un paso al frente, tropecé con su mochila, que, para mi sorpresa, estaba manchada… de sangre. Me asusté más ¿qué pudo haberle pasado? Creo que hasta el momento iban surgiéndome cada vez más preguntas, que parecía que nunca iban a ser respondidas. Mi mente divagaba nuevamente con mis grotescos recuerdos… los más vivos en mi memoria contenían sangre en ellos. Igual a la mancha en la mochila de Elena.

Me dirigí a su cuarto, pues las pequeñas gotas de sangre iban hacia ahí. Al entrar, vi un charco de sangre bastante grande, vendas ensangrentadas en el piso, y un desorden fatal. Y ahí estaba ella, acostada en la cama, con una clara expresión de dolor en el rostro y la frente empapada en sudor. Me acerqué sin dudar, y vi que se apretaba con fuerza el costado derecho del cuerpo. No sabía exactamente qué hacer, y, de nuevo, las imágenes de mis padres muertos en esa habitación me atormentaron, haciéndome jadear. Reaccioné regañándome a mí mismo. “este no es tiempo ni lugar para dejarse llevar por sentimientos inútiles; debo hacer algo por ella”.

–          Elena, ¡¿qué te ha pasado?! Debes ir a un hospital…

–          No te metas en mis cosas, esto no tiene nada que ver contigo.

–          Te equivocas –dije ya enojado; me molestaba demasiado su arrogancia y orgullo-, claro que me importas. Mi prima me mataría si supiera que… un momento, debo llamarle a mi prima…

Me dispuse a tomar mi celular, pero la mano de ella tomó con fuerza la mía, impidiéndome hacerlo.

–          No le digas nada, te lo ruego. Si quieres dejo que me lleves al hospital, pero no le digas nada.

Su voz, su mirada y en sí todo su cuerpo, pidiéndome ocultárselo a mi prima, me sorprendieron mucho más que toda la escena. No entendía para nada esa extraña relación entre ellas. ¿Cómo la había conocido mi prima? Entendía que no quisiera decirle nada –Cindy era una persona bastante sentimental-, pero no entendía el porqué de su primera reacción a la propuesta de llevarla a un hospital… a menos que…

No había tiempo para hacer conjeturas; a como pude, y tratando de evitar los recuerdos, la cargué, cuidando de no rosar más su herida. Al salir del departamento sentí de nuevo que esos recuerdos pedían a gritos entrar a mi cerebro, y, apretando los dientes, le pedí a Elena que me hablara:

–          ¿pero de qué quieres que te hable?

–          No me importa de qué, sólo distráeme.

–          Está bien…

Y empezó a hablarme de lo mucho que le gustaba ese programa que estaba viendo el primer día en mi casa.

–          Es muy divertido ver a un niñito con casco salirse con la suya a la hora de hacer acrobacias extremas.

–          Eso supongo –trataba de distraerme respondiéndole al menos una que otra vez-. Aunque hace demasiado tiempo que no veo dibujos animados.

–          Entonces no tuviste adolescencia –su voz empezaba a flaquear-.

–          Quizás; pero es que en realidad no tuve niñez –dije esas palabras sin querer, y por un momento pensé que sería acosado con preguntas y gritos, pero no fue así; sentí que su mano apretaba mi playera con fuerza.

–          Debes doblar en esta esquina para entrar a urgencias…

Y se desmayó. Había perdido demasiada sangre. Entré velozmente al área de urgencias e inmediatamente un enfermero trajo una camilla; los seguí hasta el lugar donde la curarían y me coloqué junto a ella. Estaba inconsciente, pero como si fuera un reflejo, tomó mi mano más cercana y la apretó con fuerza. Yo no pude hacer nada más que apretar su mano, para darle un poco de apoyo.

El médico levantó su blusa y pude ver la herida: era de unos treinta centímetros de largo, y la sangre no paraba de salir; parecía que se la había hecho con algo muy filoso, pero por suerte escuché al médico decir que no era profunda y que estaría bien.

Entonces me pidieron esperara afuera para que ella pudiera descansar. Me senté en una silla junto a la puerta de su cuarto, y apenas me disponía a relajarme un poco, mi celular sonó. Era mi prima. No sabía qué hacer; primero pensé en no contestar, pero seguramente insistiría. Al fin, contesté.

–          Si, ¿hola? –mi voz temblaba.

–          ¡Luke, hola! –me contestó una cálida voz- ¿en dónde estás?

–          E-en mi apartamento, ¿en dónde más? –no se me ocurrió nada mejor que decir-.

–          No me mientas, estoy aquí afuera; tu voz se oye extraña, ¿qué tienes? ¿estás bien?

Justo en ese momento una enfermera se me acercó a decirme que Elena había despertado.

–          Por Dios, Luke, ¿qué le ha pasado Lena? ¿dónde están?

Me había atrapado; ya no tenía más excusas para darle, y tenía que colgar, así que no tuve más opción que decirle que estábamos en el hospital, a lo que ella me respondió que iba en camino. Colgué el teléfono, suspirando, y entré a la habitación. Ella parecía dormida, pero apenas escuchó el pesado ruido de mis botas abrió los ojos; por alguna razón, no pude leer su expresión.

–          Me alegra que estés mejor –me senté en la silla frente a su cama-. Aunque desafortunadamente Cindy se ha enterado y viene en camino.

–          Me lo imaginaba –dijo con resignación-; esa chica tiene un extraño sexto sentido para los problemas.

–          Sí, eso parece –la pregunta obligada-. ¿qué te pasó? Y no me digas que no importa, porque eso no es verdad.

Se hizo el silencio. Su cara se tornó de rojo levemente, y me desvió la mirada.

–          Me tropecé en las gradas de la escuela y me enterré un fierro que estaba en una banca rota.

–          ¿la que está del lado del estacionamiento?

–          Sí, esa…

Suspiré aliviado de pensar que alguien había intentado hacerle algo.

–          Si fue por algo como eso, ¿no crees que hubiera sido mejor evitar todo esto y venir al hospital primero? Cindy va a tomar represalias por no haberle dicho nada…

–          No me gustan los hospitales. Me traen malos recuerdos.

Su sinceridad y enojo se notaban tanto en su rostro como en su mirada y su voz. Quizás había pasado una infancia difícil. Me recordaba tanto a mí, que me era imposible no verla fijamente. De nuevo el silencio se hizo presente. Entonces recordé el porqué de mi visita.

–          Quería preguntarte algo, Elena. Por eso te estuve buscando. Por eso fui a tu departamento.

–          Ve al grano y pregúntame.

–          Yo… quería saber… ¿por qué te desagrado tanto? Y, más importante, ¿cómo se conocieron Cindy y tú?

–          Verás…

Y justo en ese momento fue interrumpida la escena. Mi prima había llegado y, con lágrimas en los ojos, entró a la habitación. Cindy era una chica alta, delgada, y con el cabello largo, negro hasta debajo del hombro siempre suelto. Sus ojos eran de color verde, bastante expresivos. Se dejó caer de rodillas al piso, junto a “Lena”.

–          ¿no me digas que de nuevo te caíste? –dijo, bastante molesta-. De verdad que no tienes remedio. Ya te dije que si te pasa algo le digas a Luke o a mí. ¡no me hagas preocuparme de esta forma!

–          De verdad lo siento, Cindy, pero ya sabes que no me gustan los hospitales, y si te hubiera dicho, seguro me obligabas a venir.

–          Suerte que estaba Luke –se puso de pie- para ayudarte. De ahora en adelante –dijo, volteándose hacia mi-, es tu obligación cuidar de ella en todo momento, ¿está claro?

Conocía esa mirada suya, y estaba seguro que no aceptaría un “no” por respuesta, así que asentí con la cabeza. Entonces alguien más entró. Por fin, después de unos siete años, veía a mi primo Bastian. Bastian siempre había sido un chico bastante inteligente, y lo demostraba cada que podía; ya fuera jugando con los pensamientos de las personas o ganando algún concurso de conocimientos. Pero no era un mala persona en lo más mínimo; lo único malo es que era un tipo bastante ojo alegre.

Estaba bastante cambiado cuando lo vi. Ahora tenía diecisiete años, mi edad; su cabello largo peinado en puntas, negro; sus ojos verdes, igual que su hermana, siempre atentos a su alrededor; su sonrisa eterna y su forma de vestir tan desinteresada.

Entró sin hacer mucho ruido y se acercó a la camilla, después de saludarme con un fuerte apretón de manos.

–          Pequeña gatita, pero mira en qué condiciones estás. Deberías de dejar de ser tan torpe o al menos dejarte ayudar por un caballero como moi.

–          Aléjate de mí, pervertido –le dijo ella, un poco sonrojada; se notaba que esa era su forma de llevarse-. Ya tu hermana se encargó de conseguirme un guardaespaldas –su mirada me acuchillaba a mi ahora, sentí escalofríos-.

Pasaron algunas horas. Bastian molestando a Lena, Cindy y yo charlando sobre –más que nada- su día a día, y Lena tratando de no golpear a Bastian. Por primera vez en mucho tiempo no pensé un solo instante en aquel pasado tan cruel, y me concentré sólo en el momento.

–          En fin –interrumpió Cindy-, ya mejor vámonos, Bastian, que hay que dejar descansar a la “gatita”. Vámonos, Luke.

–          No –le respondí, poniéndome de pie-.yo me quedaré a cuidarla.

–          Entiendo. Más te vale que se sienta como en casa, ¿eh? Que si no me las cobro contigo. Adiós.

Salieron de la habitación por fin, y tomé asiento de nuevo. Me quedé mirando el techo de nuevo, recargado en el respaldo de la silla, cuando mis pensamientos fueron interrumpidos por Elena.

–          Todos los techos te van a parecer desconocidos aún si pasas diez años en el mismo lugar; no hay manera de que un techo sea el mismo que la noche anterior, por el simple y sencillo hecho de que no lo verás de la misma manera. Todos los seres humanos cambian su manera de pensar o de ver las cosas a diario, así que, si alguna vez llegas a ver un techo conocido, querrá decir que ese día no aprendiste absolutamente nada.

Contestó a mi pregunta sin que yo se lo pidiera; supongo que era una forma de agradecerme el que la hubiera traído hasta aquí, pero realmente no le pregunté. Tenía completa razón, si lo pensaba bien.

–          Entonces –le dije-, de ahora en adelante no hay razón para querer ver un techo conocido.

–          En cuanto a lo otro –dijo-, no me agradan las personas que huyen de su pasado. Y eso es justamente lo que hiciste tú.

La miré fijamente a los ojos, y no me decían nada; supongo que si te lo propones, puedes evitar que “lean” tu mirada. ¿Cómo se había enterado del por qué de mi llegada?

–          Cindy me contó sobre lo que pasó allá; me dijo que tu madre asesinó a tu padre y que después se suicidó.

–          ¿Y por qué lo hizo? –estaba realmente enojado, pero me calmé- no era su deber decirte nada…

–          Ella cree que nos parecemos mucho, así que me dijo que quería que fuera tu amiga. Tiene razón, excepto por el “pequeño” hecho de que yo no huí de nada; yo decidí seguir con mi vida y dejar todo mi pasado atrás. Yo no fui una cobarde y huí de mi país sólo por querer alejarme de los malos recuerdos.

–          Tú no entiendes… -dije poniéndome de pie, apretando los puños para tratar de contenerme un poco- tú no sabes realmente nada, así que por favor guárdate tus comentarios.

–          Pues no me importa –ella volteó el rostro, con cierta tristeza en la mirada-. Eres un cobarde, y los cobardes seguirán siendo cobardes siempre. Y ahora déjame dormir, que mañana debo ir a la escuela.

Se acomodó lo mejor que pudo, pero escuché un quejido y supe que se había tocado la herida. Di un suspiro de resignación, y me acosté a un lado de la cama. Ella se sonrojó bastante y me miró con enojo. Me acomodé a como pude para que su cabeza quedara en mi pecho, de tal forma que no se lastimara más.

–          ¿qué te crees que haces, eh? ¡suéltame ya!

–          Sólo cumplo con lo que Cindy me pidió; ya duérmete y déjame dormir a mi también.

–          Me va a ser imposible con el olor a sangre en tu playera, ¿sabes?

Hasta ese momento recordé que mi ropa estaba completamente manchada de su sangre, y que no me la había quitado en toda la tarde. Volví a dejarla a como estaba lo más delicadamente posible, me quité la playera y, como no tenía un cambio de ropa, volví a acomodarme así nada más. No estaba seguro de que ella supiera sobre mis cicatrices, pero en ese momento ya no me importaba demasiado.

Cuando tiré la camisa junto a mi mochila, ella volvió a abrir los ojos, y su mirada pasó del enojo a algo muy parecido a la tristeza. Volví a acostarme en la misma posición que hacía unos minutos, y esta vez, ella no renegó. Pasó una hora aproximadamente antes de por fin quedarme dormido, y, al mirar al techo, por primera vez, no pensé que era “un techo desconocido”.

Talking from inside…

Sometimes I wake up at midnight and scream up

To make my nightmares disappear

And when the light turns on I still awake

I cannot sleep… nightmares come to me

 

I try to get up but I can’t stand up

My eyes are blinding and muscles shaking

I listen to them… all the voices on my head

 

They’re speaking, screaming…

They want to go out…

The same as the people who looks from outside,

Criticizing me, blaming me…

Killing me without a weapon needing

 

The song on the radio… reminds me their essence…

Remember me my impotence…

I couldn’t do nothing…

To save them from death…

 

And then… I hear… inside of me…

 

 

They’re speaking, screaming…

They want to go out…

The same as the people who looks from outside,

Criticizing me, blaming me…

Killing me without a weapon needing

 

I’m dying from inside…

The end is near, so close from me

That I can feel the breeze, kissing me

With a mortal kiss

 

And then I wake up and the voices are gone

 

The silence in my head is almost like a dream

The people that I love is just next to me

“we were waiting for you”, I hear my father’s voice

“it was just a dream?” the answers comes to me…

 

The sufferer and pain I always felt

Was part of the nightmare that didn’t had any end..

But now they are next to me

I feel no sorrow…

Sky is blue again

Soledad

Y es por ti que la luna no brilla

Y es por ti que la soledad me come a besos.

Por ti la oscuridad habita en mí.

 

 

 

Sentado en las escaleras:

Ha sido un día difícil en verdad.

De repente te veo caer, justo frente a  mí.

Te ayudo a levantarte, te disculpas y río.

Te vas sin decir más.

 

 

Ese día no duermo…

No dejo de pensar en ti:

Tu sonrisa, tus ojos, tu voz…

Finalmente concilio el sueño, pensando en tus labios.

 

 

 

Y es por ti que la luna no brilla.

Que las noches se me hacen largas…

Y es por ti que las palabras me sobran

Y me falta calor…

 

 

 

Cada día que te veo y me sonríes así

Cada vez que nos vemos y me miras así

Y cuando creo estar más cerca

Te veo besarlo a él…

 

 

Después de tanto tiempo que ha pasado

De tantos momentos junto a ti

Al fin te miro y te digo:

“yo te amo aunque tu no me ames a mí”.

 

 

Y es por ti que la luna no brilla.

Y es por ti que la soledad me come a besos

Por ti es que la oscuridad habita en mi.

 

 

Varios días han pasado

Y no logro verte

Me temo que me odies

Y no quieras saber de mi.

 

 

Una mano toca mi hombro

Y sonrío al verte

Junto a mi.

 

 

Y es por ti que mis días son claros

Y es por ti que el amor me ha encontrado

Es a ti a quien amo, a quien he decidido…

Hacer feliz.

Crónicas de una mente perturbada en un alma esperanzada (Prólogo y Capítulo I)

PRÓLOGO: “BIENVENIDO”
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando llegué al aeropuerto de Toronto, en Canadá. Se suponía que viviría en ese lugar, pero realmente no me cabía en la cabeza. En mis oídos sólo escuchaba el resonar de la música; no quería socializar con nadie en el viaje de seis horas de Londres a América, así que me había pasado todo ese tiempo escuchando a Mika Penniman, The Rasmus, Evanescese; riéndome de vez en vez, recordando mis años de infancia, o a punto de llorar… no lo sé…

Entonces la azafata dio la orden de bajar del avión, y eso hice. Tomé mi mochila con mi computadora y bajé. Apenas hube hecho eso, me dirigí a recoger mi equipaje. Ya con mis maletas, me senté en la mesa de una cafetería a esperar. Se suponía que mi primo Bastian iría a recogerme, pero tenía tanto tiempo de no verlo que realmente no recordaba como era físicamente. De todas maneras, tenía escrita en un papel la dirección de mi futura casa, así que si tardaba esperando más de una hora, podría irme sin ningún problema.
Desperté con el cuello dolorido. Mi iPod se había quedado sin batería, y ya era de noche. Me sobresalté un poco, así que tomé mis maletas, mi mochila y mi patineta y me dirigí a conseguir un taxi. Le di el post-it con la dirección de mis primos y me acomodé en el asiento del copiloto, con mis maletas y cosas en el asiento trasero. Me quedé dormido de nuevo; al parecer el viaje había sido más pesado de lo que creía. Esa noche mis sueños no eran más que recuerdos de aquellas escenas trágicas que me habían traído hasta aquí…
Al fin, el chofer me despertó: estaba frente a un edificio de unos cuatro pisos, de ladrillo rojo y con unos escalones sin barandales. Bajé mis cosas, le pagué al chofer, y me acomodé un poco el cabello –mi fleco se había resbalado hasta tapar mis ojos- para ver mejor. Toqué el timbre en el botón que decía “Hale” y esperé respuesta, más lo que obtuve fue simplemente el chirrido del seguro de la puerta principal. Abrí y dejé mi mochila para que detuviera la puerta y poder entrar mi equipaje. Por dentro el lugar era un poco menos pintoresco de lo que parecía por fuera, mas no me importó mucho; o bueno, no hasta que escuché el crujido de las tablas de madera de las escaleras.
– Este lugar necesita un poco de mantenimiento… -dije para mis adentros.
Al llegar al segundo piso, vi una pesada puerta de madera oscura con una nota escrita en papel. Supuse que ese era el departamento de mis primos y dejé las cosas en el piso. La nota decía así:
“Primo, perdónanos por no irte a buscar al aeropuerto y por no haberte avisado. Hubo una emergencia y tuvimos que irnos. Está abierto. Bienvenido.”
Solté una espontánea risita sin querer, y abrí la puerta.
– Definitivamente no es una gran bienvenida. –me dije, mientras metía mis cosas al oscuro y solitario departamento.

CAPÍTULO I
COMPAÑÍA
Eran cerca de las siete de la mañana de ese Lunes cuando me levanté, nuevamente agitado por los constantes acosos de aquellos desagradables y sombríos recuerdos. Había pasado apenas una semana desde mi “mudanza” a este lugar. El cabello cubría mis ojos, así que agité un poco la cabeza para poder ver. Lo primero que vi fue mi propio reflejo en el espejo frente a mi cama: tez blanca, cabello castaño, casi pelirrojo hasta debajo de los ojos; el color y la expresión de mis ojos me era realmente desagradable, igual que cuando tenía diez años. Mi pasivo e inexpresivo rostro no demostraba más que indiferencia, pero eso realmente no me importaba.
Me levanté de la cama y volví a voltear la mirada a mi reflejo. Vi cada una de las cicatrices en mi cuerpo; una en el rostro, muy pequeña para ser notada a primera vista, dos más, completamente paralelas y con el mismo tamaño en el pecho, y marcas de quemaduras en el abdomen. En especial vi la cicatriz en forma de estrella que estaba en mi hombro izquierdo, junto al tatuaje de aquel símbolo extraño que ni yo mismo recordaba como había llegado ahí. O quizás simplemente eso quería creer. En fin.
Entré al baño a ducharme, cepillar mis dientes y “peinarme” –en realidad solamente me salpicaba agua y agitaba la cabeza, de tal forma que el cabello cubría mis ojos, pero podía ver-. Busqué en mi última maleta sin desempacar un pantalón de mezclilla negra y tomé del armario una playera roja lisa y una camisa de manga corta de color negro. Tomé mi mochila y me dispuse a salir del cuarto, pero antes de cerrar la puerta observé aquel portarretrato en el buró. Aquella foto que tan malos recuerdos y pesadillas me traía, pero de la cual por alguna razón no quería deshacerme.
Suspiré cerrando los ojos y cerré esa puerta. El departamento estaba completamente solo –excepto por mí, claro está-. Era de mis primos, pero ellos vivían en una casa más al sur del estado, así que me lo dejaron para que lo habitara. Tomé dinero del pequeño montoncito de billetes que estaban desperdigados por toda la barra de la cocina y salí por la puerta principal.
Eran cerca de las ocho treinta cuando llegué a la escuela. Era mi primer día en ese lugar y había llegado tarde. Me dirigí a la oficina de control escolar para reportarme y me recibió una amable señora –unos sesenta años, quizás-, dándome la bienvenida y diciéndome que me sintiera en casa. Al parecer todos ahí ya sabían de mí y de las razones de mi llegada, así que me ahorró mucho tiempo y esfuerzo de fingir una sonrisa.
Me entregó el mapa del lugar, una lista con mis materias, me entregó mis libros y me deseó buena suerte.
– Según esto, mi primer clase es Inglés. –dije viendo mi lista- supongo que el salón debe estar por aquí.
Salí del frío cubículo y fui hasta el salón de inglés, a no más de doce metros de donde estaba. Al llegar y tocar la puerta, el profesor me pidió que pasara. El profesor Fred era un señor de lo más común, no muy alto –me llegaba al hombro-, delgado, narigón y con lentes, pero con una expresión de alegría y optimismo en los ojos tan diferente a la mía, que quien parecía tener cincuenta años era yo y no él.
– Pasa, pasa; tú debes ser Luke McKeith, ¿no?
– Sí, así es. Disculpe la demora, me quedé dormido en el autobús.
– No te preocupes, chico, no pasa nada. Pasa, siéntate donde quieras.
En el salón habían unas veinte personas más; había unos tres lugares vacíos al frente, pero parecían apartados; encontré lugar en el último asiento de la última fila de lado derecho, junto a un somnoliento chico de pelo largo con pinta de metalero, a quien parecía no interesarle en nada la clase, y mucho menos parecía importarle – ¿o notar?- mi llegada. Me senté junto a él, de tal forma que quedé justo junto a la ventana, desde la cual podía ver el campo de fútbol de la escuela.
El profesor comenzó su clase hablando sobre los prodigiosos escritores que Inglaterra ha brindado al mundo:
“la literatura inglesa es la más amplia y rica en el mundo, pues gran parte de sus escritores se han convertido en verdaderas leyendas; no sólo en Inglaterra, sino también por todo el mundo. Ahí tenemos a Sir Arthur Conan Doyle, con sus tan célebres historias sobre el ya conocido Sherlock Holmes –dijo mientras mostraba un viejo libro con la portada rota, que todos supusimos era un libro de Sir Arthur-“
Y la clase siguió con el profesor pidiéndole a algunos chicos leer párrafos de aquel libro; pero mi mente estaba en otra parte. Sí, a ratos escuchaba lo que decían, pero ese era un libro que ya había leído, “El perro de Baskerville”, que habla sobre un sabueso maldito que vaga por los terrenos de una mansión, en cierto lugar de Londres. Perdido a como estaba en mis pensamientos, recargado en la mesa, sentí un leve codazo. Volteé la mirada y vi a mi compañero completamente recostado, durmiendo. Me reí en silencio y suspiré.
– Ha de sentirse bien el dormir sin preocuparte por nada…
Apenas hube dicho eso, la campana de cambio de clase sonó. Tomé mi mochila y me disponía a salir, cuando vi que el chico junto a mí seguía dormido. Realmente no era de mi incumbencia, pero, al ver que nadie le prestaba atención, decidí despertarlo.
– Oye amigo, la clase ya acabó. Despierta ya –el chico se levantó con la mayor pereza y despreocupación del mundo-.
– Ah, tú debes ser el chico nuevo, el inglés. Gracias por despertarme –dijo mientras se levantaba y tomaba su libro y su mochila-. Me llamo Terry. Terry Collins.
Su mano extendida frente a mí… tardé más de lo debido en darle la mía. Quizás pensó que estaba aburrido y por eso no dijo nada. En fin, Terry me dijo que le mostrara mi horario y así lo hice.
– Parece ser que tenemos todas las clases juntos –dijo mientras veía mi hoja-, así que supongo que seré tu guía de ahora en adelante. ¿te parece?
– Sí, está bien.
A pesar de su apariencia, era bastante alegre y, aunque no parecía muy enérgico –pues siempre tenía los ojos entrecerrados- , pero en su rostro casi todo el tiempo había una leve sonrisa.
Oh, perdonen, no les he dicho como era. Terry Collins. Un chico alto, delgado y muy apuesto si me lo preguntan. Su cabello largo hasta por debajo de los hombros, con un color negro azabache, que a la luz del sol parecía más bien azul. Su rostro delgado y su piel blanca como la nieve le daban un extra; pero sus ojos, tan negros como su cabello, hacían que pareciera siempre rodeado de misterio, su forma de vestir eran jeans de mezclilla azul, playera negra –seguramente con imágenes de Sepultura, Alessana, Slipknot, o a veces lisa por completo- y tenis del mismo color, todo eso acompañado de una pulsera con picos de metal y unas cuantas más de tela. A pesar de eso, era una persona muy confiable, de esas a las que puedes no conocer, pero que a los cinco minutos le estabas diciendo tu vida entera. Pero no fue así conmigo.
– Y, dime, Luke –mientras caminaba frente a mí, rumbo a la clase de Historia Universal- , ¿qué te trajo hasta Canadá? –se tomó las manos por detrás de la cabeza- porque no creo que un chico londinense haya venido hasta acá sólo por gusto.
– Pues temo decepcionarte –dije después de un rato, tratando de evitar que descubriera mis verdaderas razones-, pero así es.
– Pues –dijo volteando el rostro, pero sin dejar de caminar ni de bajar los brazos-, he de decirte que no te creo.
En ese momento creí que me había descubierto. ¿Se habría dado cuenta de lo perturbado de mi voz? ¿O el no poder ver mis ojos le había dado desconfianza? No, eso no era posible, nadie sabía exactamente por qué había llegado.
– Pero –continuó, aliviando un poco mi pesar- si es algo tan grave como para tener que mentir, entonces supongo que no tienes que decirme la verdad. No soy de las personas que buscan saber todo de los demás si ellos no quieren.
Justo antes de poder responder a eso, ya habíamos llegado al salón, así que tomamos un lugar –en el mismo punto del salón anterior- y esperamos a que la maestra llegara. Mientras eso sucedía, Terry y yo nos quedamos sentados, él tratando de explicarme un poco sobre esa maestra.
– La maestra de historia. Amanda Flowers. Joven, sensual, hermosa, cuerpo envidiable e inteligencia. Es la mujer que todo hombre desearía tener.
– Entonces, ¿qué es lo que se supone que tiene de malo? –dije, un tanto contrariado.
– Pues… -en ese momento, la dichosa maestra entró al salón, haciendo que las voces murmurantes se callaran de golpe- mejor deberías verlo por ti mismo.
Definitivamente la descripción que había dado de la Señorita Amanda eran exactas: una mujer rubia, joven –de unos veintiséis años-, con el cabello hasta la cintura, recogido en una elegante cola de caballo y un pequeño fleco ladeado cubriendo su frente y unos hermosos ojos verdes; alta, delgada y con generosas proporciones, vestida de forma muy casual pero formal –falda hasta las rodillas negra, zapatos de taco alto negros y blazer rojo sobre una blusa negra.
Definitivamente no entendía por qué tanto misterio, pero decidí estar atento de todas maneras. La maestra se paró frente a la clase, y, leyó una hoja superficialmente. Supongo que era mi hoja de traslado, pues me miró muy fija y duramente apenas leerla.
– Tú, el chico nuevo, ven acá –con los brazos cruzados en una pose muy autoritaria.
– ¿se le ofrece algo, señorita? –dije, poniéndome de pie lentamente.
– Maestra para ti, McKeith –su expresión se tornó en una mucho más dura, y miró a mis ojos, supongo-. Más te vale saber que aquí los niveles se respetan, jovencito; y no te creas que no te voy a exigir sólo por ser nuevo –sacó una hoja de entre sus libros y la extendió hacia mi-. Estos son los trabajos que debes entregar antes de la próxima semana, y no quiero pretextos.
Me acerqué a ella, y apenas tomé la hoja, se volteó a mirar a Terry, con una mirada un tanto escalofriante. ¿Por qué esa persona actuaba de esa manera? Y, un tanto más inquietante, ¿qué tenía ella en contra de aquel chico?
– Y te recomendaría que no te dejaras llevar por malas influencias. Nunca sabes a dónde te pueden arrastrar.
Aquellas palabras me hicieron dudar un poco, pero pensé que no sería muy inteligente de mi parte dejarme llevar sólo por un comentario como ese, así que simplemente le di las gracias y regresé a mi lugar junto a Terry. El chico estaba completamente relajado, recargando su rostro sobre su mano, que a su vez descansaba en la mesa. Su rostro parecía tranquilo, como siempre, pero su mirada decía algo diferente; aquellos ojos negros eran demasiado misteriosos.
Me quedé viendo la tranquila figura de Terry, cuando de repente escuché cierta voz llamándome de nuevo. Volteé la mirada un tanto avergonzado por habérmele quedado viendo, y un tanto molesto por esa persona.
– ¿se le ofrece algo más, “maestra”?
– No me hables en ese tonito, mocoso – su rostro se mostró con medido enojo-. Solamente quería decirte que te quites ese pelo de los ojos, que no estás ciego.
– Lo siento, maestra, pero en ninguna parte del reglamento dice que no puedo llevar el cabello de este modo, y francamente –continué diciendo con un tono de leve superioridad- no me apetece hacerlo.
Me senté de nuevo y saqué mi libro de Historia con una seguridad que yo mismo no creía. Al parecer mi forma de hablarle a ella me había convertido en una especie de héroe, puesto que al final de la clase –que transcurrió de manera un tanto pesada por las miradas de la maestra Amanda hacia mí- varios de mis compañeros quisieron acercarse a mí para conversar.
Yo realmente no tenía interés en ninguno de ellos, así que tuve que decirles que tenía que ir a mi siguiente clase, pues no quería llegar tarde a ninguna. Me dejaron ir con la promesa de aceptar salir con ellos ese fin de semana, y en cuento quedé librado de la multitud, busqué a Terry. No tuve que buscar mucho, pues apenas caminé un par de pasillos lo encontré, recargado junto a una puerta, con la pose relajada de siempre, pero ahora meneando levemente la cabeza y siguiendo un ritmo con el dedo: tenía los audífonos puestos, y al parecer escuchaba su género favorito.
Al fin se dio cuenta de mi presencia, y, apagando el aparato, me saludó:
– Hola, Luke. Perdona por haberme ido así nada más, pero parecías ocupado.
– Debería ser yo quien se disculpe por haberme distraído con esas personas –al parecer me expresé mal con eso de “esas personas”.
– En fin, entremos. Chad llegó hace rato y no quiero hacerle enojar… aunque, pensándolo bien, sería muy gracioso verlo de esa forma – su rostro se curvó en una gran sonrisa, y entró al aula, emitiendo una gran risotada.
– Por algo lo dirá –me dije, pensando que no todo era lo que podría parecer.
Entré al salón y vi a todos tratando de aguantar la risa, incluido Terry, quien en esta ocasión estaba sentado en la mesa de en medio y no en la de atrás. Al principio no miré a mi izquierda –donde estaba la mesa del profesor-, pero después me viré, al escuchar una respiración cortada. Volteé de manera un tanto acelerada, y, para mi sorpresa, vi una máscara negra. Todos soltaron una carcajada, y entonces el maestro se quitó la dichosa máscara, dejando ver a un delgado joven.
– Hola, joven aprendiz. Me alegra que te hayas unido al grupo. Toma asiento junto a Terry, ya supe que son buenos amigos –su rostro alegre era realmente gracioso, y reí levemente-. Ojalá nos llevemos bien, joven Skywalker
La risa del grupo fue estruendosa. Esta definitivamente no parecía la clase de Derecho. La clase transcurrió tal y como al principio. Con risas, bromas, y muchas parodias sobre mi nombre y cosas por el estilo. A veces lograba reírme levemente, pero la mayor parte del tiempo sólo suspiraba. Aquellos suspiros eran un lamento breve pero fuerte, que me hacían pasar la situación un poco más fácilmente. El timbre de receso sonó y todos salieron de la clase con lágrimas en los ojos por tanto carcajeo. Incluso Terry había terminado con el estómago dolorido de tanto reír.
Fuimos al comedor de la escuela, y después de recoger nuestro almuerzo –puré de patatas y pollo empanizado y jugo de uva-, buscamos una mesa desocupada, para mi desgracia, no había ninguna, así que tuvimos que sentarnos junto a un trío de chicas que estaba en una mesa, conversando.
Cuando nos acercamos, se nos quedaron viendo muy extrañamente, con esas miradas que ponen las chicas cuando ven a un actor o a un artista famoso. Bueno, dos de ellas, pues una de ellas, de apariencia muy inocente, simplemente tomaba un sorbo de su jugo… de uva.
– Muy buenos días chicas –les habló Terry, con su siempre despreocupada expresión-, ¿les molesta si mi amigo y yo nos sentamos con ustedes? Parece ser que las mesas están ocupadas.
– Por supuesto –dijo una de ellas, después de unas cuantas risitas nerviosas-, sirve que conocemos al chico nuevo.
Más risitas nerviosas. Realmente no me sentía con ganas de ser “acosado” con preguntas obvias. La chica del jugo de uva estaba emocionalmente distanciada de nosotros, quizás no estaba realmente interesada en mí, y eso realmente me agradó. No era ni soy de las personas a las que les agrada ser el centro de atención; nunca lo he sido, y no me interesa en lo más mínimo.
Entiendo que los artistas sean célebres por su talento aunque hay que aceptar que hay algunos quienes no entiendo el por qué de su éxito – y eso va para ti, Justin Bieber-, pero supongo que eso ya depende de sus seguidores y seguidoras. Pero bueno, eso ya es otro asunto.
Las chicas con las que estábamos sentados comenzaron con su “interrogatorio” hacia mí, y yo no tenía otra opción más que responder. Se llamaban Tina, Miriam, y la chica del jugo de uva resultó llamarse Elena. Tina, de cabello largo castaño y con actitud atrevida, empezó:
– Y bien, Luke –se dirigió a mí, recargándose en mi hombro-, ¿a qué se debe el que cubras tus ojos? Seguro son hermosos…
Hizo seña de acercar su mano a mi frente, e instintivamente la detuve tomándola con un poco de fuerza, pero sin lastimarla. Su rostro se llenó de miedo y vergüenza, al igual que el rostro de Miriam –la otra chica seguía sumida en su mundo-. La solté y me disculpé por hacer algo así, para después levantarme y continuar comiendo en otro lado.
Estando ya en el pasillo, me sentí sin mucho apetito, así que le di mi comida a un chico de menor grado que yo y me seguí hacia el patio, con la mirada algo baja. Di un suspiro, y mi mente volvió a llenarse de recuerdos; al principio eran recuerdos de mi niñez, antes de que mi padre comenzara con tan cruel comportamiento. Después las imágenes se tornaron más oscuras y tétricas: aquel cuerpo inerte colgando del techo, la sangre del piso y un aterrorizado yo mirando la escena desde la puerta.
No sé cuánto tiempo pasé parado en ese mismo sitio, pues cuando “regresé” de mi trance, el pasillo estaba vacío completamente; un tanto entorpecido, caminé por los pasillos tratando de encontrar el salón de audiovisuales para entrar a la clase de Sociología, pero por más que caminaba no lograba dar con él. Al parecer mi torpeza era demasiado grande; lo siguiente que supe, fue que desperté en la enfermería.

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